CRISTINA ESCOFET Y LA PUESTA DE UNA DE SUS OBRAS

Fridas y la belleza del dolor 

Prófuga de la filosofía, pero fiel a su encanto, e hija adoptiva del medio teatral, como se define hoy, Cristina Escofet es una autora que logrado concitar un justo reconocimiento en el mundo escénico gracias una obra que une, con soltura y calidad, el vuelo poético con una particular mirada crítica de la realidad. Testimonio de ese reconocimiento fue, entre otros hechos, el haber recibido hace muy pocas semanas una nominación por Fridas como mejor obra en Premios al Teatro Independiente; el Premio Mayor en Dramaturgia por la obra La Malinche, dentro de los Premios Teatro del Mundo; y el Premio de Oro, otorgado por Premios al Teatro Independiente. Este año que pasó, el 2025, una de sus obras emblemáticas, Fridas fue puesta en escena una vez más en una versión que dirigió Mecha Fernández e interpretó Ana Yovino y que el año próximo se repondrá en una sala todavía a determinar. Aprovechando este pretexto, por demás jugoso, nuestra revista entrevistó a Cristina Escofet para que nos hablara de esta puesta de su texto y, de paso, para interrogarla sobre algunos otros temas de la realidad a cuyo análisis nunca elude y que, por lo demás, alumbra con particular lucidez. Lo que sigue es el producto de esa charla. 

Cristina Escofet, en los Premios Teatro del Mundo

¿Qué podrías decirnos Cristina sobre la nueva puesta de tu obra Fridas, la que dirigió Mecha Fernández?

Me gusta el encare como un ir al encuentro. Es un trabajo de teatro danza. Y tanto desde la dirección como desde la actuación, se destaca el encuentro de un lenguaje de plasticidad y magia. Como pasaba en los trabajos de Ana Itelman, Dore Hoyer, Ana María Stekelman, Susana Zimmermann o Iris Scaccheri o Carlos Veiga. Un hallazgo de un volumen escénico hoy un poco olvidado. La formación de Mecha Fernández, como también la de Ana Yovino como actriz, es muy grande, ¿no? En los trabajos de la directora coreógrafa se nota claramente haber pasado por la mano de coreógrafos como Dore Hoyer u Oscar Araiz. Su montaje muestra una coloratura con sello propio. Puestas para detener el tiempo de la velocidad que te instalan en el tiempo de la contemplación. Te invitan a que contemples lo que sucede. Y sucede Frida Kahlo. Sucede una existencia que pone entre paréntesis durante sesenta minutos la tuya, que se funde con lo que sucede en el escenario.  ¿Qué sucede? Un cuerpo que se mimetiza con el placer, dolor, vivencia, clímax, de ser en la pintura en estado de éxtasis. Vemos a una Frida de cuerpo presente depositando su dolor en la pintura. A través de una obra poética que es la palabra también emanada de sus pinturas. Frida se fusiona con el cosmos y el poema es un canto desde ese cosmos.

Frida Kahlo es cuántica. La poesía es cuántica. Esta puesta borra los límites entre lo absoluto y lo mortal, lo manifestado y lo inmanifestado. Rompe con el mundo dual.  Y todo se fusiona en una unidad absoluta. Música, vestuario, luces, elementos de escenografía. Rasgos que se veían también en la puesta de Roxana Randón (de fuerte impacto visual), o como en mi puesta de la misma obra con Ana María Casó (con una actriz visceral y con un decir poético a la altura de Cipe LIncovsky o Inda Ledesma), pero que en esta versión adquieren otra dinámica.

¿Qué innova esta puesta, según tu opinión?

Si en las otras dos puestas previas estaba el placer de cerrar los ojos y escuchar el texto, en esta puesta está el propósito de silenciar el texto y contemplar el movimiento y sumergirte en la vivencia. Pero el texto está presente sin duda, aunque con recortes. No es una versión diferente. Tiene recortes. Y se logra una Fridas en un concepto de ser una unidad con ese cosmos en que se desenvuelve. Ana Yovino es la vivencia de la pintura en escena. Y por eso es una puesta que se vivencia. Y lo que se vivencia no se explica. Se atraviesa. Como una puesta de sol. Porque Fridas te convoca a suspender tu propio pulso.  Y el velocímetro y el hecho de estar montados en una sociedad de espejos ya no te acompaña. Porque Fernández y Yovino te sumergieron en otro código. Fridas te propone la belleza del dolor. Hablo de lo que señala Simone Weil al decir que en el dolor encuentra la belleza. La belleza es el espacio que el dolor te ofrece para poder experimentar el sentimiento de una existencia en carne viva. Y esto me parece revolucionario. Mostrar dolor con belleza.

Un mismo texto o una misma obra pueden proponer en cada puesta cosas distintas. Esta Fridas sucede en escena. Hay momentos en que dejás de respirar. Eso está en Frida Kahlo, y está en la propuesta de Fernández y Yovino.

Hablame de tu texto.

 En un texto epifánico. Dictado. Vos no convocás el texto. Y las palabras aparecen. En una automaticidad. En la poesía las palabras son. Las palabras no dicen, tienen existencia por sí mismas, y el poeta, es un simple mediador, entre la oscuridad, la nada, el silencio y esa palabra que no se sabe de dónde viene.  Así sucedió. El texto de Frida Kahlo nació de una ensoñación. Yo conté esto por primera vez en una entrevista muy descontracturada que me hizo Moira Soto. Referencié que había tenido una ensoñación con Frida Kahlo en un viaje en avión, donde se me aparecía Frida Kahlo y me decía: “Tengo que dictarte unos textos”. Y aunque se lo conté fuera del micrófono, ella después lo puso en la nota que apareció en Página 12. Y resulta que esa nota la leyó Tito Cossa y un día, al encontrarnos, me preguntó si yo hablaba con fantasmas (se ríe). “Y más o menos”, le contesté. Y enseguida le pregunté: “¿Y a vos no te pasa también?”

Pero volvamos al eje, que creo que es el encuentro. Lo que se encuentra sin buscar. Y todo sucede alrededor de un texto que te ha encontrado a vos. Encastre de encuentros. Fridas que me encuentra en una ensoñación. La palabra que me encuentra en la poesía, las actrices que encuentran a Frida, Frida que se encarna en otros cuerpos. La escritura poética es el llamado de una lógica alterada en términos ilimitados (Rimbaud, Sor Juana). En este texto confluyen dos espiritualidades, la de una pintura inmanente, que oscila entre lo consciente inconsciente, y palabras también inmanentes, surgidas de un cosmos donde se aloja el espíritu de Frida.

La poesía es la casa del espíritu. Yo digo que una no busca a la poesía. Una la encuentra. La poesía sucede. Fijate que Ana Yovino venía de una Malinche muy potente, con un trabajo superlativo, sentía ansia de poesía. Había salido mi libro Travesías femeninas que incluía a Fridas. Y entonces Ana Yovino se encuentra con el texto. Y surgió la necesidad de hacerlo, aunque la puesta de Randón se daba esporádicamente. Igualmente creo que pueden convivir distintas puestas de un mismo texto. Dragún siempre hablaba de talleres de creatividad permanente, un mismo tema tomado por diferentes grupos. Diferentes miradas. Con una obra sucede lo mismo. 

AnaYovino en “Fridas”

Ahora, esta última versión de Fridas encarnada por Ana Yovino, ¿se estrenó mientras se estaba dando la versión que hizo otra actriz? ¿Se llegaron a ver en simultáneo?

No, no hubo simultaneidad, con esta versión de Fridas y la que dirigió Randón e interpretó Verónica Pernisa. Y al hablar de simultaneidad fíjate que en realidad de lo que estamos. hablando es el tiempo. Del tiempo de la poesía.

¿Cómo definirías el tiempo de la poesía?

La poesía está instalada en un plano metafísico, se trata de una palabra que te conecta con lo que Werner Herzog deja flotando, en su documental La cueva de los sueños olvidados y frente a las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet en Francia -que tienen unos 30 mil años de antigüedad-, cuando le interroga a un campesino sobre el milagro de la pintura, sobre su magia, y éste le responde: “¿Quién pinta?” Nosotros podríamos decir: ¿quién escribe? ¿Quién es el autor de la poesía que te permite la expansión de tu conciencia en todos los sentidos? ¿Quién mueve tus latidos hacia voces que parecieran venir de la nada?? ¿Cuál es el hilo invisible que nos conecta con esas voces? Bueno, en el Libro rojo, Carl Gustav Jung dice también algo magnífico: “Las voces están, solo hay que saber escucharlas.” O, por ejemplo, si vemos la película Frankenstein, de Guillermo del Toro, cuando el ciego le dice al monstruo: “Seguí la voz”. Esa voz que te va a llevar. ¿Adónde? Yo creo que a un origen.

¿En qué año escribiste Fridas y cómo surge tu interés por ella?

Es una obra que escribí en el 2002. Yo me encontré sucesivamente con Fridas. Una experiencia mística en México en el Convento del Molino, donde había una comunidad artística, me marcó. Fui invitada por el dramaturgo mexicano, Jaime Chabaud a pasar unos días al convento, y si bien yo me encontraba en México a propósito de la presentación de una antología de dramaturgos latinoamericanos, donde una obra mía sobre el Che Guevara estaba incluida (Los fantasmas del héroe), esa invitación cambió mi rumbo.  ¿“Te interesaría hacer una experiencia en el Convento del Molino”? Como en el viaje del héroe de Joseph Campbell, sentí un impulso irresistible. Y me fui unos días a un convento de clausura convertido en comunidad teatral. No fui sola. Uno de los organizadores del evento que me había convocado me acompañó. El dramaturgo y abogado Víctor Hugo Rascón Banda fue mi compañero de viaje, mi guía. Inolvidable todo.

El Convento del Molino. Dormía en una celda muy pequeña, me levantaba con el sonido de las campanas, convivía con la comunidad de teatro y con el silencio. Sobre todo, con el silencio. Me levantaba rezando. Me dormía rezando. En el Distrito Federal estuve alojada en la Casa del Escritor, a muy poquitas pocas cuadras de la casa de Frida Kahlo y empecé a sentir una enorme empatía con el dolor. Me llamaba ese dolor de Frida. Y ese viaje lo dediqué entonces a ella. Quizá hubo una traslación de dolor. Los fantasmas del héroe son las últimas visiones del Che en la escuela de Las Higueras, sus fantasmas. México me llevó a otras heridas. Esto lo charlé mucho con Rascón Banda de quien me hice amiga. Y también con Felipe Galván Rodríguez, un dramaturgo muy importante en México. Pero la síntesis era que me había encontrado nadando en el dolor y la belleza de un ser muy poderoso en términos de sinceridad existencial: Frida Kahlo.

 Y cuando yo llegué a Buenos Aires, ahí me di cuenta por qué había estado conectada con el dolor. Mi pareja había enfermado gravemente. Y fue ahí que comprendí todo. Hay sucesos en la vida de uno que sólo se explican desde la trascendencia. Eso que nos excede y a la vez nos comprende. Entonces, a mí Frida me devuelve la trascendencia y me devuelve esta manera de poder contemplar el dolor de una manera inmanente, intimista. Frida me conmueve desde su vida y desde su pintura. No me conmueve el muralismo. No me gusta la pintura de Diego Rivera, como tampoco la de David Alfaro Siqueiros. El muralismo me aplasta. En cambio, Frida tiene esta cosa del “siendo”, del transcurrirse. Del dolerse, del decirse tal como se ve. Luego, claro, leí todo sobre su vida, leí su diario.  Dice Simone Weil que Dios observa su creación a través de los ojos del pintor, hablando de la pintura de Paul Cézanne. Y esa es Frida Kahlo.  Para mí un llamado y un encuentro.

La de Frida Kahlo es, sin duda, una vida conmovedora.

Absolutamente conmovedora. Y mi obra/poema habla desde ella. Una primera persona que es ella diciéndose en palabras. Palabras emanadas de sus pinturas. El otro día al salir de una función, se me acercó una mujer y me dijo: “Pero, vos la conociste a Frida Kahlo, ¿no?”. Y aquí pongo puntos suspensivos. Tengo que decir que sí. Porque ella me dictó los textos. ¿Míos, de ella? La ciudad y el mundo me son ajenos. No los he fundado. Tampoco fui fundada por ellos. Ni la ciudad ni el mundo me duelen. Solo una ciudad me duele, y es mi cuerpo. Y me duele en el hijo que no pudo ser. ¿No pudo? ¿No podrá? ¿Por qué, si me habla? ¿Por qué si me abraza? ¿Por qué, si él quiere lo que mi cuerpo vomita? La ciudad y el mundo son apenas una leyenda que otros me cuentan. Y yo, estoy tan lejos, subida a este lento caracol.   

Estamos hablando de la poesía. Del texto poético. Estamos hablando de la palabra que no se explica. El tiempo de la poesía no es el tiempo cronológico, es el tiempo de kairos, es el tiempo del no tiempo, el tiempo metafísico, el tiempo cuántico. Y en estos saltos del tiempo sin tiempo, del tiempo no dual, de la conciencia expandida, se instala el misterio. Y la palaba poética es misterio. Otra vez la pregunta de Herzog: ¿quién pinta o quién escribe? La poesía tiene esa cosa conmovedora. Sea Alejandra Pizarnik o sea esa enorme poeta que es Olga Orozco. Y el poeta capta la vibración del ser. Sor Juana, por ejemplo. Existencia pura. El poeta no tiene dudas de que el ser es tal cual se manifiesta. La poesía sucede. Y si no te sucede la poesía, no la busques. 

Estás escribiendo ahora un nuevo libro, ¿no?

Sí. En este libro, que se llamará El portal y la escena, retomo el tema de la ensoñación, los sueños, los mitos, los cuentos de hadas, los arquetipos y los propios prototipos familiares que, en el caso de mi bisabuela y mi abuela Teresa han sido elevadas a la categoría de verdaderas heroínas. En este libro me sitúo, siguiendo a Bachelard, en lo que desarrolla como el Cogito del soñador. Existo en tanto estoy soñando. La ensoñación desplaza al pensamiento como fundamento de la existencia. El cogito, el pensamiento está demasiado “intervenido”, manipulado. El cogito del soñador aparece entonces como el mundo de lo humano no contaminado por las lógicas algorítmicas. Esa es mi tesis. Situarnos en el cogito del soñador. Entre lo real y lo irreal. En una irrealidad real. Atravesando los mitos, las leyendas, los sueños, los arquetipos, como una manera de decir “sueño, luego existo”. O: “existo en tanto que sueño”. Esa sería la verdadera fórmula. Está en Gastón Bachelard. Yo la amplio, referenciándome en Fromm, Barthes, Han, y otros autores.

En esa dirección suele apuntar el arte, ¿no?

Sí. Exactamente. El arte te sacude molecularmente. Así de pronto, te encontrás con esto de que una obra de arte te saca de tu lugar de comodidad. Te sorprende. Dejarse sorprender por lo inesperado. Mecha y Ana te sorprenden porque encontraron un lenguaje mágico en el camino de atravesar un texto. ¿Buscar o encontrar? Esa sería la ecuación. Suponte que salís y vas a buscar un diamante. Y por buscar el diamante te perdés una hermosa hoja de árbol de Ginkgo Biloba que encontraste en tu camino. Un día visité a un amigo que me mostraba unos muebles hermosos y le pregunté donde los había comprado. No los compré, los encontré en un container, me dijo. Yo nunca encontré algo así, le dije. Claro, porque nunca saliste a revisar containers, me replicó. Le hice caso. Lo único que encontré en un container fue un canasto lleno de cartas. Las cartas de una mujer, Irma Reyes con su novio preso en Chile. El pidiendo verla. Y ella recriminándole. Y todo en un canasto. Junto a otras pertenencias y hasta su documento de identidad. Sin duda la mujer había fallecido. Y ahí, sus cartas. Y la historia con el preso.

No encontraste muebles, pero en compensación encontraste una historia. 

Lo que uno busca. Y lo que uno encuentra. Y cuando se tiene el tiempo necesario para experimentar se puede encontrar. Sin el vértigo de apresurar un resultado. Mecha y Ana se dieron tiempo. Y eso se nota en el escenario. Un devenir mágico. En un tiempo dominado por la velocidad, que se instale en el público esta necesidad, este deseo de contemplar la palabra a través del movimiento y de una corporeidad exquisita, eso me parece revolucionario. El espectador tiene la experiencia de haber habitado el cosmos de la pintora. Y el teatro danza viene a instalarnos en un tiempo teatral diferente. En un lenguaje olvidado.

¿Y no escribiste sobre Irma Reyes, la mujer de las cartas que encontraste en un canasto?

 No escribí sobre Irma Reyes, pero fíjate que sí la estoy escribiendo ahora, porque me ayuda a pensar en esto de buscar y de encontrar. Creo que yo encontré a Irma Reyes porque Irma Reyes me estaba buscando. En un punto se quedó conmigo.

En El portal y la escena hay dos obras. ¿Cuáles son sus títulos?

La primera es Ancestras, armada con historias escondidas en objetos de un cuarto de costura: mitos, sueños, cuentos de hadas, arquetipos. Escenas filosofantes. ¿Es teatro? No sé. Son escenarios que se narran desde un dedal, un zapato de raso, una máquina de coser. Objetos. Escenas que narran. Ancestras son lugares, estados, visiones. Como las Ciudades invisibles de Calvino quizá. La otra obra es una ensoñación sobre Van Gogh y se llama Apuntes Vincent, y es un salto en el tiempo. Es un antropólogo que visita Auvers-sur-Oise, el lugar donde Van Gogh vivió sus últimos días, y se encuentra que retrocedió cien años, que lo estaba esperando su historia escrita en sus apuntes y que él había sido Van Gogh.

¿Crees que las obras deberían publicarse juntas en un mismo libro?

 Sí. Están hermanadas en el ensueño. En un entrar y salir de mundos donde lo real se rinde ante lo metafórico y lo irreal. Y hoy el mundo está apuñalado en su metáfora. El mundo tiene roto su eje narrativo. Y en la ensoñación ese mundo, que aparece ocluido, vuelve a ser infinito. Y lo irreal tiene una contundencia superior a lo real. Y es un refugio. Yo necesito ese refugio donde Lilith pueda convivir con mi bisabuela Severiana, o Juana de Arco con mi abuela Teresa. O que el tiempo heideggeriano se resignifique en el olor de la carbonada (Ancestras). Un refugio donde comprender el presente. El futuro dice Vincent Van Gogh en mi obra (Apuntes Vincent), es retroceder al pasado. Y en ambas propuestas hay un perderse en la ensoñación para recuperarse en el origen. A ver, no estoy diciendo nada que no hayan dicho Soren Kierkegaard, que no haya dicho Albert Camus, Byung-Chul Han. Recuperar el tiempo ensoñando sería.

Y ¿por qué decís que la dramaturgia del mundo está rota?

Coincido con Alain Badiou en que hay una dramaturgia del mundo que está rota. Y trato de entender lo que él dice en el sentido de que los paradigmas del hacia dónde vamos como sociedades, como mundo, como seres humanos está cuestionado. Y la utopía de la sociedad igualitaria, parece amenazada. Y el hombre reemplazado por el robot. Los conflictos, la herida social, los derechos conquistados, todo es una amenaza. Hoy la herida social está vista como la herida a enterrar, a negar. Y los discursos se estructuran sobre el otro a suprimir, a ignorar, a desechar.  El mundo está roto. La convivencia compartimentada en mónadas. Y hasta el espíritu crítico parece no bastar. Porque a lo suma da cuenta. Pero no se puede articular un desde donde. Algo muy bien planteado por Víctor Klemperer en El lenguaje del Tercer Reich. En un momento también de re-mapeo mundial. Alemania del 33. Entonces, si el drama del mundo es el conteo de sus guerras, destrucciones, si el sentido de la finitud es suplantado por el del aniquilamiento, bueno, la existencia está amenazada. La dramaturgia del mundo está rota. Y la dramaturgia teatral está ante un desafío. Yo lo siento así.

Sin duda vivimos en una sociedad cada día más inhumana, más despreocupada por lo que le ocurre al otro.

Es inhumana porque, como dice Byung-Chul Han, y lo dicen también otros filósofos, se vive un proceso donde las personas están siendo manipuladas, estructuradas, desde un neutro absoluto: lo algorítmico. Cuando Byung-Chul Han habla de la crisis de la narración, dice que hay una narración que está rota. ¿Dónde empieza la rotura de esa narración, ese “había una vez”? Sí, el “había una vez” de la narración de los fogones, está roto. Y si el “había una vez” está roto, si la narración está rota está roto el origen. Somos necesariamente el origen, que nos permite comprendernos porque si no el origen va a estar en el click que hagas. El origen que está en el click es tu principio y tu fin. Entonces, cuando vos te lees en el origen, por más que hoy ese lugar no sea lo que fue, sigue permaneciendo en tu corazón y tu memoria. Si yo voy hoy al lugar que fue mi origen (Caleufú, La Pampa) y me encuentro frente a ese monumento al inmigrante que es un arado, allí me encuentro, ahí está la historia. Y también en la biblioteca donde yo puse mi granito de arena cuando hice durante muchos años talleres recuperando la narrativa inmigrante pampeana y hoy está llena de fotos de los inmigrantes. Pues bien, allí está el origen. ¿Qué es el origen? Es una narración. ¿Qué es la Biblia? ¿Qué es el Popol Vuh? Son narraciones que te estructuran. Pero ¿qué ocurre cuando no hay una narración que te abarque?  Víctor Klemperer, el filólogo alemán, me conmovió por eso. Su diario escrito entre 1933 y 1947, describe todo este proceso a través del cual el judío, el gitano y todo el “desplazado” era convertido en un otro sin voz y explicado desde lo que fue la estructura lingüística del lenguaje dominante de la Alemania nazi. Cuando lo humano se destruye, en su comunidad, en su ser empático, lo inhumano se arma, se instala. Bueno, analogías con el hoy. No digo que se repita. Pero rima bastante.

Hoy se intenta resolverte todo, sin que tengas necesidad de pensar. 

Exactamente. Entonces, mi deseo está en escribir palabras que constelen mundos desde la nada o el silencio. La poesía. La ensoñación. Universos que me desean.

 La gente se escucha a sí mismo y no al otro, no dialoga.

Estamos dentro un corsé. Es común que de pronto asistas a lugares donde hace mucho tiempo que no ves a alguien y al encontrarlo éste te dice: “A ver cuándo nos vemos”. Y vos te preguntas: ¿Y ahora qué estamos haciendo? Es raro, porque antes había un “Hola, qué tal, ¿cómo te va?” “Bien, qué lindo verte, ¿cómo estás vos?” y se establecía una comunicación. Ahora, es: “Bueno, después nos vemos”. Y te ves en el Facebook o en el chat.

 La relación personal, la de verse presencialmente, hoy se practica poco y nada, casi ha desaparecido.

Ha desaparecido casi. Pero si bien pasa que no se promueve el encuentro, sí noto que a la gente le gusta ir al teatro y dejarse atrapar por lo que ve, y quedarse a charlar con los artistas y luego entre ellos, de la obra. Y eso me impacta positivamente. Y lo he visto en muchas obras. Mías y de otros compañeros. Hay un hecho presencial. Una obra que transcurre ahí a pocos metros de tu butaca. Y de pronto te toca una fibra intima. Y eso no es poco. Verlos entusiasmados. Algo que sucedió en escena, también les ha sucedido a ellos. Si la dramaturgia del mundo está rota, como dicen Alain Badiou y Byung-Chull Han, el teatro, su representación te devuelve el encuentro. La narración de una historia. El deseo de reflexionar sobre eso que se narró en escena. Y que te modificó. Mi hija es psicoanalista y nota que muchos pacientes recuerdan haber tenido deseo en algún momento, y ahora no saben ni siquiera cuál es el deseo que tienen. Ayudar a desear sería el tema.

Ana Yovino y Mecha Fernández, intérprete y directora de “Fridas”

Exacto

Entonces cuando la gente se aleja de su deseo no es porque ya no puede desear, sino que es gente que desea a través de esa máquina infernal que es la Matrix. Y aquí hay algo que dice Víctor Klemperer que a mí me llamó poderosamente la atención. Él, una vez que fue “desplazado” de su tarea como filólogo, fue a trabajar a una fábrica. Y bueno, le habían hecho desaparecer sus libros y todo lo que tenía como referencialidad de su materia. Y, hablando con otro “desplazado” igual que él, aunque sin su mismo nivel de conciencia, éste le decía: “Cuando pase todo, yo voy a volver a hacer lo mío”. Soñaba que cuando pasara ese momento, podría volver a hacer su profesión o actividad. Pero, cuando te roban el mundo y te lo resignifican totalmente, por más conciencia que tengas, es difícil hacer lo mismo que antes hacías, dice Klemperer. No basta el espíritu crítico, dice él. El espíritu crítico actúa sobre un campo, sobre un universo a modificar. Desaparecido el universo a modificar lo que te cae es la conciencia. La conciencia del derrumbe que sí ha sucedido. Y ver qué se puede hacer. Desaparecido su entorno de libros, Klemperer vio que ya no podía hacer lo mismo que antes. Pero había escrito un diario durante ese lapso siniestro de la historia. Y entonces escribió un ensayo sobre su diario. ¿Qué podía hacer sino escribir ese libro?, dado que le habían desaparecido su biblioteca entera. Debía empezar de vuelta.

Bueno, ¿nosotros estaríamos viviendo entonces un momento donde se necesita un cambio de paradigma? 

Y como Klemperer, debemos comenzar. De nuevo. Como Sísifo y su roca. Como mi Van Gogh deseando volver a nacer porque finalmente comprendió su historia. Quizá debamos soltar una utopía simplista. Una nota de Ricardo Halac en Ñ es brillante. Ahí te das cuenta cuando un intelectual representa el período del mundo que le ha tocado vivir porque lo ha comprendido. Hay que leer esa entrevista. Yo se la agradecí a Ricardo. La dimensión de un hombre que sabe con qué ha dialogado, te sitúa a vos y te obliga a sincerarte en sobre qué has reflexionado. Conciencia.

¿Podríamos decir que la utopía puede ser reemplazada por la conciencia?

Y sí. La utopía sería el hacia dónde. Es el interrogante que Alicia le formula al gato de Cheshire cuando perdida, le pregunta si le podría decir para dónde debe ir, donde queda el camino. Y el gato, le contesta: Bueno, ¿depende de a dónde quieras llegar? Y eso depende de que sepas donde estás. En qué punto estás. Saber situado diría Rossi Braidotti o Gilles Deleuze. Entonces, de frente a lo que vivimos, si yo tuviera que rescatar algo de todo lo que nos dio el siglo XX, que fue extraordinario en cuanto a que nos permitió pensarnos como subjetividades, yo rescataría a Bertolt Brecht, que creó la figura del distanciamiento. Porque él sabía todo lo que había pasado en la república de Weimar, la locura que fue todo eso, y cómo fueron los odios. El lenguaje del Tercer Reich, que es el libro de Klemperer del que estaba hablando, tiene una claridad tan grande que te va sorprendiendo, de qué modo él en su diario, va consignando todo esto y ¿adónde llega? Llega a un punto impresionante, porque él no es un metafísico. Klemperer dice: cae Hitler y cada uno ve lo que queda y se plantea qué hacer, hacia dónde quiere ir. Y habla con alguien que había estado muy comprometido con el nazismo y le pregunta: “Bueno, ¿qué vas a hacer ahora?”  Y el nazi, ya sin el régimen contesta: “Y yo sigo creyendo en Él.” Entonces la reflexión de Klemperer es que se trata de una encrucijada donde el pensamiento dogmático se confunde con la fe. Gran tema. Inmenso. ¿Hemos reemplazado la fe en Dios por el pensamiento dogmático? Quizá debamos comenzar por ahí. Por apartarnos del dogma. De un mesías manipulador. De relatos gramscianos conformadores de sentidos totalitarios. Si tomamos la respuesta del gato de Cheshire, el “depende de adónde se quiere llegar”, a lo mejor empezamos a decir bueno, queremos ir hacia una comunidad que pueda convivir. ¿Cómo se convive en una comunidad de diferentes? ¿Cómo se convive en las diferencias? Bueno, ¿qué recuperamos de acá? ¿Qué recuperamos de allá? Hoy se necesita formación. Y conciencia. Y terminar con esta banalización del pensamiento. Con las afirmaciones falaces. Con la estigmatización paralizante hacia inmensos filósofos y pensadores que merecen ser tratados en su profundidad filosófica e histórica. Como Carlos Marx. Como Hegel. Como Hannah Arendt. Walter Benjamin, Bifo Berardi. Sigmund Ginzberg. Rita Segato. Pilar Calveiro. Judith Butler, Leonor Calvera. Eduardo Grüner. Infinita lista. Es muy triste esta hoguera. Hay mucho para revisar y muchas preguntas por hacerse. 

¿Y al teatro que misión le toca?

Y el teatro sigue resistiendo desde la estructuración de escenas de sentido en un mundo que juega al derrumbe y los fragmentos. ¿Nos vamos a quedar contando los pedazos? Quizá la dramaturgia del mundo está rota como dice Badiou. Pero, sin duda, los artistas, vamos a seguir molestando. Ahora subrayemos: lo que molesta es la conciencia. Porque articulás sentidos desde la pregunta genuina. Sin conciencia te vas a recibir de repetidor del lenguaje dominante. Te vas a recibir de Mefisto. Vas a ser hablado por el lenguaje con el cual no te atreves a polemizar porque te deglutió. La poesía entonces es un universo irreductible. No dice. Manifiesta. Acontece. Sucede.

¿El arte debería entonces imbuirse de poesía para volver a tener ese carácter diferente, molesto a la ideología dominante?  

Sí, hay que recuperar la metáfora, que está herida. La metáfora es un puente de analogías. El distanciamiento de Bertolt Brecht es una invitación a la metáfora nueva. Él nos legó, ya lo mostraste de esta manera. Bien, ahora debes exhibirlo de esta otra y mostrar otra perspectiva. 

Es una manera también de hacer la crítica, porque va diferenciando.

Exactamente. Una manera de hacer la crítica de una manera multiplicadora, con una multiplicidad de sentidos. Entonces, el arte, el artista, su libertad sin dogmas. Otro de los logros de esta puesta de Fridas de la que hablamos, es cómo no ha necesitado de recursos digitales para crear una dimensión que rompe lo analógico y logra volumen por cinematográfico. Conciencia. Ir al encuentro. Volver a los fogones, al “había una vez”, los cuentos para niños, las múltiples interpretaciones que tenían las leyendas, la tradición oral, la memoria. Buscarnos en el origen. Estamos hechos de eso. Crear comunidad. Empatía. Restablecer la red social rota. No redes sociales que dividen.

El capitalismo neoliberal se ha convertido en un monstruo totalitario.

Con la Inteligencia Artificia Artificial incluida.

¿Cómo te definirías entonces hoy?

 Prófuga de la filosofía e hija adoptiva del teatro, soy simplemente una existencialista que encontró un refugio en la escena. Volver a Albert Camus me parece imprescindible. El mito de Sísifo sigue significando en esta tarea de ir hasta la cima y volver y hacerse cargo de lo absurdo del mundo, del que somos parte. Y en este ir y venir encontrar porciones de sentido. Y en esta tarea, sin duda, el artista es como el gran artífice de los mundos que logra arrancar a la ferocidad del mundo que lo expulsa, pero con la osadía de articular mundos paralelos, donde leerse en las luces y las sombras y todas las pluralidades.

Alberto Catena