ENTREVISTA AL AUTOR, ACTOR Y DIRECTOR EZEQUIEL CASTILLO
El arte de inventarse a sí mismo
Hay cierta clase de seres que vienen al mundo con el arte encima, a eso se le suele llamar destino. La idea de profesión viene después; pero entendida esa palabra desde su concepción etimológica: la de profesar, acaso una manera de concebir la vida. Ezequiel Castillo es uno de ellos. Autor prolífero y con una concepción ideológica bien definida de la función social que tiene el teatro, conversó con nuestra revista, entre otros temas, sobre los inicios de su carrera, las dificultades que superó y los temas que aborda en su dramaturgia. Oriundo de Mar del Plata, Ezequiel Castillo estudió la carrera de Licenciatura en Trabajo Social; canto en el Conservatorio de Música de Mar del Plata y teatro con distintos profesores en Buenos Aires. Es autor de más de cuarenta obras estrenadas, entre ellas, La torta de fondant, La cura Escondida, Inhóspitos y Bee. En 2022 el portal Alternativa Teatral lo mencionó como el director con más puestas del año. En 2015 fue reconocido con el premio Estrella de Mar por su participación en el espectáculo Pirámide invertida.

¿Cuál fue la motivación que tuviste para escribir Una vida de resistencia?
Animar a los artistas independientes, basándome en circunstancias que viví hace dieciséis años, que fue cuando vine a Buenos Aires. Soy marplatense y llegué, como todos los artistas, cargando mi maleta de ilusiones y dos pesos para probar suerte. Y me encontré con un montón de situaciones que me hicieron más fuerte por no abandonar el barco. Pero en este recorrido vi a muchos jóvenes que, al igual que yo, se encontraron con un panorama totalmente distinto y se volvieron a sus provincias, sus ciudades, cambiaron su estilo de vida y dejaron de lado sus sueños. Entonces, traté de dejar un mensaje de resistencia y motivarlos a que sepan que esta carrera tiene sus vaivenes, cosas tan buenas como malas, pero cuando uno tiene sus sueños sólidos y sabe cuál es su objetivo, hay que resistir, más en un país donde la situación económica y política no acompaña a los artistas. Por eso es importante buscar la manera de salir adelante con nuestros propios recursos y acompañarnos. Una forma que yo encontré fue escribiendo este libro.
Entre tantas cosas que tiene interesantes, lo primero que se percibe es que sos una persona que se inventó a sí misma. Pienso ahora que, cuando llegaste a Buenos Aires, no conocías a nadie del teatro.
Es verdad, a nadie. Fíjate que yo ahora, cuando voy a Mar del Plata, se hacen una idea de mí porque tengo muchas obras siendo representadas al mismo tiempo y salen notas por todos lados; pero eso está alejado de la realidad. La verdad es que muchas veces los artistas, los que hacemos teatro independiente, ponemos de nuestros propios recursos para nuestros espectáculos. Por eso yo concibo el arte, por encima de todas las cosas, como una forma de vida. Recuerdo una situación fundante, allá por el 2015. Venía la temporada de verano así que comencé a planear hacer temporada en mi ciudad. Y un día, un amigo me dice que tiene el contacto de un productor que quiere abrir una nueva plaza teatral y me propuso trabajar juntos. En esa época, por intermedio de una nota que me hicieron en C5N conocí a Lissa Vera, una integrante de Bandana, y me dijo que quería hacer teatro. Entonces la convocamos para trabajar y aceptó. La obra, la primera que escribí, era Sólo dime hasta que la muerte nos separe. Entre los del elenco estaba Lissa Vera, Belén Bianchi y Gustavo Conti, de modo que a primera vista uno podía pensar que no había manera de que pudiera salir mal. Incluso el productor estaba tan contento por la proyección que decidí armar un vodevil. Llamamos a Guido Süller y aceptó. Imagínate: un montón de gente mediática. Me puse a pensar en otra obra, ¿Qué Fachamos? Hasta el 19 de diciembre todo iba perfecto. Se estaba por cumplir el sueño de toda mi vida. Me acuerdo que íbamos cantando en el micro y cuando llegamos fuimos a un hotel con piscina, comida en el restaurante… Pero pasaban los días y no me entregaban el teatro. Llamaba por teléfono y siempre una excusa con promesas. A las doce de la noche de año nuevo nos echaron del hotel. Unos días más tarde pude hablar con el productor. El teatro en cuestión era Doña Jovita en Mina Clavero y estaba cerrado desde el festival del año pasado. Entré y vi ese galpón gigante lleno de botellas y mugre por todos lados. Empecé a limpiar y hasta me colgué para poner los tachos, no me importaba nada, yo quería estrenar esa noche.

¿Lograron estrenar?
Sí, estrenamos y fue un éxito. Nos pusimos al hombro todo, incluso las chicas salieron a volantear, para que te des una idea. Pero era insostenible, no había hotel, no había comida… No había forma. Y el productor no aparecía. Uno de los actores se me fue y lo tuve que reemplazar. Hasta donde se pudo, porque todo fue un desastre. Al principio no entendía nada. Hasta el año pasado, en que estaba trabajando con un premio en la mano como actor junto a Adrián Suar, Érica Rivas o Guillermo Francella y de repente vi que lo que me estaba pasando. Quiero ser claro: durante mucho tiempo trabajé en esto para pagar el alquiler y casi nada más, pero no me importaba comer arroz con tal de vivir para lo que amo. Bueno, la cuestión es que yo había pensado que, con este proyecto, iba a poder comprarme un pequeño departamento, esto lo digo para que tengamos en cuenta la dimensión de mis ilusiones y la proyección que tenían las obras con tantos artistas conocidos. Quién me iba a decir que todo se iba a derrumbar y me iba a encontrar tirado en la cama con las persianas bajas y llorando, sin querer salir a la calle.
¿Podes recordar el momento en que decidiste no claudicar?
El departamento estaba a unas cuadras del Teatro Colón, recuerdo que me llevé el mate a la plaza y no paraba de llorar. Entonces, pensé, si Dios me está poniendo esta prueba por algo es. Tengo dos opciones, vuelvo o me quedo. ¿Qué quiero para mi vida? Esta pregunta es el comienzo para inventarse a sí mismo, tal como decías vos hace un rato. Al no tener un referente, un guía, no te queda otra que aconsejarte a vos mismo. Pero si digo que nadie me ayudó estaría siendo injusto. Realmente estaba atravesando un momento límite, me estaban desalojando del departamento por no pagar el alquiler y tenía la luz cortada. Apenas si tenía para comer cuando un día, un amigo me llama por teléfono y me invita a tomar un café. Estaba al tanto de todo lo que nos había pasado. Me contuvo y antes de irnos me dio un sobre con dinero. “Aceptalo y cuando soluciones todo, me lo devolvés”, me dijo. Y así fue. Tenía dinero suficiente para pagar el alquiler y pagar el resto de las deudas. Con todo lo que me pasó, aprendí a escuchar, a replantear las cosas y que la realidad de uno se puede cambiar. Aprendí a no decirle que sí a todo y que los artistas no tenemos nada asegurado. La única seguridad que tengo es mi pasión. Ese momento fue bisagra en mi vida.

Sos un artista multifacético, actor, cantante, director de coro, pero ¿cómo surge la escritura?
La autoría llega por una necesidad. Estudié Trabajo Social y me sucedió que sentí la necesidad de contar desde lugares de mi propia experiencia. Así como me sucedió trabajando en El Pelícano de August Strindberg, experiencia en la que pude sacar muchas cosas de mi propia vida para entender que el teatro es un canal de comunicación, decidí comenzar a escribir mis obras. La primera obra nació de una situación familiar, escuchando a mi madre y a mi tía recordando momentos de su juventud. Así fue como surgió Sólo dime hasta que la muerte nos separe que son cinco chicas con un vínculo patológico, donde una de ellas se está por casar y parece que fuera algo trágico. Es una obra que, por sobre todas las cosas, habla de la amistad con mucho humor y situaciones disparatadas.
¿Qué no le puede faltar a una obra de tu autoría?
Mis obras no son ocurrencias, yo milito a través del teatro. Al mismo tiempo, son un mapa de mi vida. Llevo ya cerca de cuarenta y cinco obras registradas y más de sesenta escritas Tengo una firme formación en la carrera de Trabajo Social y mi modo de hacer militancia es por medio del arte. Mis obras son todas muy distintas, pero al mismo tiempo son iguales en varios planos. Hay temas recurrentes como la pobreza, la marginalidad, la sexualidad, la tercera edad, el rol de la mujer, la niñez, por nombrarte algunas. No busco la originalidad, sino generar un puente donde se define muy claramente la temática de cada obra. Tengo una obra que tardé muchos años en escribir, que es Una vida en el muladar. Trabajé en ella sobre la marginalidad y ocurre en un centro final de residuos, donde muchos comen y viven de lo que la gente tira a la basura. Otra que te podría mencionar es Tortitas negras, que gira en torno a una persona mayor que trabajó toda su vida desde muy niño y de repente un vecino le pregunta qué le gustaría hacer y el personaje le responde que jugar. Quiere jugar porque no tuvo tiempo por la situación económica de la familia, desde los nueve años que tuvo que ayudar a parar la olla en la casa. Y te juro que cuando la leo veo a mi papá, mi tío, un vecino, es decir a toda esa gente que viene de otra realidad, porque yo vengo de otra realidad. Recuerdo ahora otra obra que es El color de mujer, que trata de una mujer mayor que se enamora de un pibe de treinta años. Un día ella aparece rejuvenecida y las amigas la empiezan a juzgar. Hasta que surge la pregunta: ¿cuál es la edad para el amor?, ¿cuál para reinventarse y para descubrirse? ¿Cuál es la edad? Es una comedia muy divertida porque, te repito, son las propias amigas quienes la juzgan. En relación con tu pregunta, podría decirte esto: se puede tener la mejor puesta, el mejor vestuario, pero si no se logra generar reflexión en vano hiciste teatro.
En relación con el texto, ¿corregís durante los ensayos?
Sí, por supuesto, y mucho. Estoy muy atento a lo que puedan sumar las actrices y los actores para mejorar el texto. Muchas veces me pasa de escribir algo que creo que funciona y ya, en el primer ensayo, me doy cuenta de que no y si surge algo en ese momento lo tomo para luego seguir escribiendo en esa dirección o descartarlo. Por eso esta idea de seguir pensando en el texto aun cuando la obra ya fue estrenada y ya se sabe que no se puede corregir, en el sentido de que la respuesta del público es lo importante, porque se puede escribir creyendo que se van a reír de lo mismo que vos y no sucede. Durante los ensayos, en relación con esto, hablamos y yo me posiciono como un compañero sin perder la esencia de mi lugar ni la poética que estoy buscando, siempre sobre la base de que el teatro es sanador.
Sebastián Basualdo
