EL FUEGO DE LA MEMORIA CONTRA EL OLVIDO

¿Para qué sirven los contenidos públicos?

El maestro mantenía la esperanza y la identidad de su pueblo para conjurar el peligro de una invasión: iba al bosque, encendía un fuego y recitaba una oración sagrada. Años más tarde su discípulo, ante el acecho de una amenaza, recordaría esto; se dirigía al mismo lugar y decía: “No sé encender el fuego, pero puedo rezar”. Mucho tiempo después, el discípulo del discípulo, ante un nuevo peligro, volvía al sitio y decía: “No sé encender el fuego ni rezar, pero encontré el camino a este lugar”. Finalmente, el último de los discípulos se sentaba y decía: “No sé encender el fuego, ni rezar, ni encontrar el lugar, pero puedo contar la historia”.

Conclusión: Mientras haya alguien que recuerde la historia, el fuego de la memoria permanecerá encendido ante la amenaza del olvido.

Pero ¿quién recordará nuestra historia -aquella que alimenta el fuego de la memoria cultural- si el narrador es el algoritmo de las plataformas internacionales? ¿Qué sucede cuando el fuego que ilumina nuestra identidad es reemplazado por la memoria artificial que gestiona una empresa extranjera? Nuestra historia, el anticuerpo cultural ante cualquier amenaza, corre el riesgo de volverse irrelevante solo por no ser “tendencia”.

Así como los libros atesorados en la Biblioteca Nacional custodian la sabiduría del país, los contenidos públicos son la memoria audiovisual del mañana. Son el legado que recordará a las generaciones venideras quiénes fueron los artistas que cantaron, pintaron, filmaron, actuaron y escribieron un país; quiénes fueron los científicos que pensaron nuestras soluciones y quiénes las personalidades que trabajaron por el bien común.

Parece que la agenda utilitarista prefiere evitar la discusión -y, peor aún, la reflexión- acerca de los contenidos públicos, desviando la atención hacia el déficit financiero para eludir el déficit cultural. Han anclado a los medios públicos en una situación de peligro existencial porque ya no cumplen su misión: no producen contenidos públicos. Los han colmado de programas efímeros y figuras de la farándula, bajo una línea editorial meramente oficialista que anula las voces de la oposición.

Es decir, hicieron lo mismo que criticaron y lo que, lamentablemente, también hicieron las gestiones anteriores. Hay que decirlo: es una deuda histórica; ninguna gestión reciente ha logrado separar el espíritu de lo público del interés de turno. Aquí cabe hacer pedagogía: el contenido público es un espejo donde la sociedad se reconoce (identidad), mientras que el contenido oficialista es un megáfono donde el gobierno se escucha a sí mismo (propaganda).

La crisis actual no es solo presupuestaria, sino de soberanía narrativa. Si no nos narramos nosotros, nos narran desde afuera con criterios coloniales. La orfandad de los contenidos públicos se manifiesta cuando nuestros jóvenes ignoran quién fue Atahualpa Yupanqui o María Elena Walsh, y desconocen la historia de nuestro teatro, nuestro cine y nuestra ciencia. Además, los contenidos públicos deben ser los que garanticen la verdad y los datos verificados ante la pandemia de noticias falsas.

¿Es posible, en lugar de cerrar o denostar a los medios públicos, transformarlos en espacios de imparcialidad? ¿Lugares donde reconocernos cuando el interés comercial de las grandes plataformas sature a la sociedad con contenidos sesgados? Se utiliza también el argumento de la merma de los medios tradicionales, pero hay una omisión grave: la falta de plataformas digitales nacionales. ¿Por qué seguimos transmitiendo desde infraestructuras extranjeras? ¿No será parte de los medios públicos del siglo XXI generar plataformas propias y soberanas?

Necesitamos medios públicos que ofrezcan contenidos poblados de nuestras ficciones, documentales, debates, biografías y canciones; de todo eso que nos hace ser más argentinos. Defender los contenidos públicos no es sólo defender una estructura estatal ni un presupuesto; es defender el derecho a que nuestras historias no se apaguen. Si permitimos que el fuego de nuestra memoria se extinga bajo la frialdad de un algoritmo internacional, seremos responsables de entregar generaciones de discípulos que, ante el peligro, ya no tendrán nada que contar. Recuperar lo público es, en última instancia, recuperar la facultad de nombrarnos a nosotros mismos.

Pedro Patzer