CONVERSANDO CON AGRESTI

Lo que quisimos ser

Recientemente galardonado con el Premio Argentores en el rubro Mejor Guion de Ficción por su magnífica película Lo que quisimos ser, el talentoso director argentino Alejandro Agresti accedió gentilmente a una entrevista que le propuso la revista de la entidad, Autores, y que se concretó en el mes diciembre último. Un pacto entre dos desconocidos suele abrir e las puertas del universo lúdico y dar comienzo a la complicidad. Al fin y al cabo, diría un poeta, el amor es una cuestión de perspectiva. La idealización se nos escapa como un frágil globo de helio y lo que importa es no estar demasiado tiempo al ras del suelo de lo rutinario. ¿Quién puede decir que, realmente, llegó a conocer a fondo a una persona? Aquel “Conócete a ti mismo”, que recomendaban tanto Sócrates como el oráculo de Delfos, refleja al mismo tiempo la dificultad en lograrlo como el hecho de que ningún noviazgo se presenta sin antes dar la ilusión de la reforma de uno mismo. “En nuestro país hay algún acento de eso que decís, ¿no? Lo demostraría el hecho de que nos atraviese con frecuencia la necesidad de ser otro u otra, porque hemos dejado ser tantas cosas…”, responde el guionista y director al reflexionar sobre lo que decimos. “Y lo que pudo haber sido se impone como una realidad dentro de otras realidades. Supongo que esa necesidad es al mismo tiempo lo que a uno lo mantiene porque, si pensás que sos lo que sos nada más, ya sea en un momento determinado o en lo que te toca, es muy difícil afrontar la vida”, redondea.

Agresti junto a Sandra Bullock durante el rodaje de “La Casa del Lago

 La ópera prima de Alejandro Agresti fue El hombre que ganó la razón, filmada en 1984, en coproducción con los Países Bajos y no fue estrenada comercialmente. La que estrenó comercialmente por primera vez fue El amor es una mujer gorda, donde refleja con realismo y crudeza la desesperación de la generación de jóvenes que logró sobrevivir a la sangrienta última dictadura cívico-militar en nuestro país. A partir de la buena recepción internacional de Valentin, de2002, Alejandro Agresti comenzó a recibir ofertas para filmar en Hollywood, donde se instaló y realizó el drama romántico The Lake House (La Casa del Lago, 2006), en el que trabajó con los famosos actores Sandra Bullock y Keanu Reeves, a quienes volvió a reunir luego del éxito de Speed (Máxima velocidad, 1994) y que recaudó más de 114 millones de dólares a nivel mundial. La banda sonora de este filme contó además con una canción de Paul McCartney. Entre 2014 y 2015, estrenó en funciones especiales (nunca fue lanzada oficialmente en los cines) su nuevo filme, la comedia No somos animales, una coproducción argentina-estadounidense protagonizada por John Cusack, Paul Hipp y Lucila Solá. La historia transcurre en la Argentina y Alejandro Agresti también interpreta un rol principal en el filme, que fue escrito junto con Cusack. En 2016 Agresti estrena Mecánica popular, una comedia dramática protagonizada por Alejandro Awada, con un cameo de Patricio Contreras. Ha ganado numerosos premios, entre ellos, el Cóndor de Plata al Mejor Director y Mejor Guion por sus películas Buenos Aires viceversa (1996) y Valentín (2002). Además, El viento se llevó lo que fue galardonada en 1998 con la Concha de Oro a la mejor película en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. En 2001 recibió el Diploma al Mérito de los Premios Konex como uno de los 5 Mejores Directores de Cine de la década en Argentina.

Es realmente notable el modo en que abordás, en Lo que quisimos ser, la noción existencialista de ser otros en algún momento de nuestras vidas

Es que uno se transforma y enriquece con la energía que fluye al comienzo de cada relación de pareja. Y sobre todo si el otro sabe sobre la vida. En el sentido de que sabe que te tiene que creer para que, a su vez, vos le creas lo suyo. No se trata de cualquier mujer o cualquier hombre, no apelás a la inocencia o a la estupidez del otro, sino justamente a su inteligencia. Se trata de haber vivido y saber que la pareja es un intercambio. Si vos me creés, yo te creo. Si vos me creés, yo te ayudo a que te creas y, a su vez, vos me ayudás en eso también a mí. En la película se plantea evitar la realidad porque los dos saben que si lo hacen se va a llevar puesta la pareja. La realidad es como la espada de Damocles.

También, aunque de manera subrepticia, está presente el tema del rol paterno.

El personaje que hace de hijo de Irene es Antonio, uno de mis hijos. No es actor, ni quiere serlo, pero la verdad es que lo convoqué y me dijo enseguida “Dale, papá, así pasamos dos meses juntos”. Imaginate que, por la noche, volvíamos de la filmación y nos hablamos todo. La película fue la excusa o el detonador o la chispa para hablar sobre muchas cosas que nunca había podido hablar con mi hijo, pero en un intercambio, quiero decir que no hubo una imposición ni nada por el estilo. Y fue maravilloso. Si me preguntarás qué me quedó de aquellas conversaciones, te diría que me ayudó a dejar de lado cierta culpa por haber vivido en tantos países debido a mi trabajo. Muchas veces no le podía dar tiempo, compartir con él todo lo que yo quería. Fue como si mi culpa hubiera retrocedido, si bien nunca me reclamó nada.  Y de verdad te digo, fue una de las cosas más importantes que me dejó la película.

¿Cómo fue el proceso de la escritura del guion?

Hasta el momento del guion yo venía escribiendo novelas, estaba un poco alejado del cine porque sentía que no era ya lo que solía ser. En un momento me nació esta idea. ¿Cómo nació? La verdad no podría precisártelo, pero creo que está latente en el mismo trabajo, en la constancia y disciplina de escribir todos los días, al menos mil palabras. Hay que estar atento porque, en un momento, sentís que hay algo y entonces te mandás. Y si me enganché fue porque era reparador en más de un sentido. Escribir hasta las dos de la mañana, por ejemplo, o directamente no dormir y, en quince días, tener listo algo con las idas y vueltas propias de un primer borrador de guion, me hizo sentír que se me ampliaba la mirada o que la concentraba en puntos donde me estaba ayudando. Una manera de mantener el coraje, si querés, porque cuando escribo doy vueltas y dudo y me engancho con las mismas boludeces que cualquier hombre, pero hay algo en mí que me dice que siga para adelante con la mía. Recuerdo que una vez, trabajando con Al Pacino, me dijo: “Me gusta hacer esto con vos porque cuando ves que está todo construido, todo perfecto, pateás el tablero y hacés la tuya”. Con el paso del tiempo me di cuenta de que tenía razón. No es tan fácil, sobre todo cuando hay mucho dinero, decirte a vos mismo hasta acá llegué, esto no es lo que a mí me interesa hacer. Y dejarlo todo. Claro, no te voy a negar que, en muchas oportunidades, llegué a decirme “¡No!, ¿qué hice? Mirá, llegué a comprar una casa en Holanda y luego tuve que rematarla porque no tenía un mango, pero bueno… Soy así.

Agresti con Al Pacino, durante el rodaje de “Danny Collins”

¿Puede ser que esta idea venía madurando en vos en proyectos anteriores, acaso como algo postergado que en algún momento iba a surgir?

Si, es cierto. La idea básica de dos personas que se conocen y no se dicen quiénes son, ni siquiera el nombre y todo lo demás, es el concepto en media página de una novela mía que es Las noveladas. Debo decir que una amiga mía, Vera Fogwill, cuando leyó la novela se detuvo en ese capítulo y me dijo que con eso podía hacer una película o escribir otra novela. En ese momento yo le dije que sí, que podía hacer algo con ese concepto en algún momento y ahí Vera enfatizó que le diera bola y bueno… Por suerte le di bola sin bien dejé pasar un tiempo. Y un día, luego de una noche de buen dormir, me decidí a escribir el guion. 

Una vez que te disponés a escribir un guion, ¿qué es lo primero que se debe sortear para que fluya?

El problema al momento de encarar la escritura de un guion es pensar en ciertos miedos. Si uno es escritor y se pone a leer sobre crítica literaria podés pasarte seis meses intentando la primera frase buscando una genialidad. Esas boludeces son patéticas porque te condicionan. Uno puede perder toda su energía en seguir ese tipo de clichés. Entonces lo primero que tenés que hacer es vencer el miedo. En mi caso, y con relación a esta película, ya decidido a empezar, me pregunté ¿dónde se pueden cruzar estas dos personas? Pensé en un cine que, al principio, estaba lleno. Y enseguida me dije: ¿y si en el cine estaban ellos dos nada más? El encuentro resultó simple, ambos son fumadores y cuando salen del cine, Irene no encuentra su encendedor y le pide fuego. Listo. Si vos querés hacer algo sofisticado y abandonar el sentimiento y seguir los patrones normales para no caer el cliché, bueno… caés en un cliché peor. Y lo importante, sacándote del guion, fue encontrar el cast. Cuando les dije a los productores que quería a Luís Rubio se sorprendieron mucho. No lo conocían, pero al verlo sentí que tenía algo vulnerable, además de ser un buen tipo. Para el personaje de Irene elegí a Eleonora Wexler y ya tenía la dupla. Si no encontraba a los dos que necesitaba nada de este cuento hubiera funcionado. A Luís lo tuve presente al momento de la escritura. Extrañaba esa manera de trabajar, hacia mucho que no tenía a los actores en la mente como me solía suceder cuando hacía Buenos Aires viceversa o El acto en cuestión. Mis amigos decían que yo trabajaba con mis hologramas Agresti porque escribía sabiendo lo que las actrices o actores tenían dentro. Me refiero a escribir sabiendo lo que podían decir y cómo hablan, su cadencia particular. 

 ¿Cómo fue el proceso del trabajo con los actores? 

Ensayamos, mucho. Luís, una vez que leyó el guion, me dijo, en tono de advertencia: “Mirá que soy un cómico y me cuesta mucho las escenas dramáticas, no voy a poder llorar”. Y yo lo miraba y pensaba: “Vas a llorar, te aseguro que vas a llorar” Y dicho y hecho, cuando filmamos la escena de la enfermedad y entre ellos hablan de los planetas y de que somos todos estrellas, recuerdo que yo estaba con la cámara en plano con él, se puso a llorar de entrada, a tal punto que no le alcanzaban las servilletas, pero no solamente él, todo el equipo estaba emocionado. Digo, ¡corten!, y de repente todos comienzan a aplaudir. Y acá necesito hacer una aclaración, ese momento no tuvo que ver con el guion sino con lo que le transmitió Eleonora a Luís. Ella es una persona y una actriz maravillosa como pocas con las que trabajé. Realmente se comprometió de una manera increíble. Mirá, yo podría haber filmado esta película de manera sensacionalista, pero ya ensayando me di cuenta de que los gestos de Eleonora eran paisajes y que todos nos íbamos a reconocer de algún modo, por no reparar ahora en los silencios que son muy importantes en esta película.

¿Por saber lo que pasa y no poder decirlo?

Sí, exactamente eso. ¿Hasta dónde uno omite para seguir creyendo? ¿Qué somos capaces de soportar para sostener la historia que queremos construir? Yo viví muchos años en el extranjero, hice películas en Hollywood, es decir para otras culturas, pero al mismo tiempo extrañando siempre lo mío, incluso aquella casa donde nací en Dean Funes e Independencia. Te digo esto porque tiene que ver con los silencios, pero también con muchas otras cosas más. Al rescatarlo comprendo cómo funciona el lugar de donde vengo y su nostalgia. A veces, hoy en día, esa nostalgia está suprimida, o medianamente suprimida, por querer imitar otras culturas. Me pregunto si no estaré haciendo el recorrido inverso. Al regresar, haciendo lo que sé hacer, busco mi propia cultura. Somos absolutamente originales en nuestra forma de ser, que implica una particular forma de decir y de escribir.  Por eso creo que a todos nos llega el momento, como en mi caso, de extrañar lo que sos.

Agreti junto a Christopher Plummer durante el rodaje de “La casa del lago”

¿Cómo fue recibida la película en Europa?

La película se estrenó en España y pronto se estrenará en Francia. El público de allá es maravilloso. Un día, en España, luego de la proyección, se acercó un tipo con una barba larga y me empezó a hablar en inglés, diciéndome que le había encantado la película. Entonces lo miro atentamente y le pregunto si habla castellano, y me responde que no y enseguida me comienza a contar que hace teatro en Polonia. Entonces vuelvo sobre el tema del idioma porque lo notaba emocionado por la película y le pregunto cómo puede ser que le haya gustado tanto si no entendió nada. Y entonces me mira a los ojos y me dice. “Entendí todo, entendí todo por las caras”. ¿No es maravilloso? Antes hablábamos de los paisajes en Eleonora Wexler, bueno, hay algo de eso ahí. Volviendo a tu pregunta, hay algunos intereses por ahí, tal vez en Italia o en Francia, de hacer un remake dirigido por mí, pero veremos, nunca lo hice, pero me parece un proyecto muy interesante.

S.B.