Apogeo y Muerte del Intelectual
2ª parte
La 1ª. Guerra Mundial sacudió al mundo, igual que ahora las guerras de Rusia contra Ucrania y Estados Unidos e Israel contra Irán. Al término de la primera, tres imperios habían naufragado: el austrohúngaro, el otomano y el ruso; en ese último surgiría en 1917 el primer país comunista: la Unión Soviética. La teoría de la que surgió, así como la práctica que llevó a la consolidación de un nuevo sistema en Rusia, desde el primer momento cautivó el interés de numerosos intelectuales de todo el mundo. ¿Resolvería esta revolución el atraso y la pobreza de ese vasto territorio? Porque el intelectual, que en la primera parte de esta nota definimos como un escritor con sensibilidad para lo social, vive atado a todo lo que sucede en el mundo, a su alrededor.
Mientras tanto, en Europa siguió creciendo el nacionalismo: cada país dijo primero yo y después los demás. Fue virulento, como el gas que se utilizó en las batallas al final la Guerra del 14, que provocó la muerte de miles de soldados en las trincheras. Después, las potencias, lo suprimieron. Pero no consiguieron domeñar con tanta facilidad otro factor no menos venenoso que se extendió rápidamente: el antisemitismo. La declaración de los derechos del hombre, uno de los logros de la Revolución Francesa, hizo salir de los guetos a los judíos, ahora equiparados a todos los ciudadanos. Pero la convivencia no fue fácil. Los países europeos los aceptaron a medias. Theodor Herzl, un visionario, enaltecido por unos y vituperado por otros, aún hoy, comprendió enseguida que, en un mundo ahora dividido en patrias, los judíos debían tener la propia. Con el tiempo, la tuvieron también, pero a la luz de lo que sucede ahora, parece que tampoco alcanzó para terminar con el antisemitismo.
Este comentario, al comienzo de la nota, es apropiado porque la cuestión judía atravesó prácticamente siempre, con mayor o menor virulencia, la palabra y la acción de los intelectuales. Su centro de acción será siempre Francia, que es donde surgió la palabra intelectual, durante el affaire Dreyfus. Algunos países, como Inglaterra, tuvieron intelectuales, pero en círculos cerrados; asustados quizá por el caso Oscar Wilde, que murió destruido después de pasar dos años en la cárcel por sus prácticas homosexuales y tal vez, por qué no, por su afición al socialismo. Embozadamente, en el período entre las dos grandes guerras, grupos pronazis se expresaron a medias en las islas británicas. El gran poeta Thomas Eliot, el de La tierra baldía -pésima traducción de The Waste Land, o sea “la tierra echada a perder”-, nunca ocultó su antisemitismo, e incluso en las antologías que llegan a los estudiantes aparecen versos como estos (La acción sucede en Venecia donde, como sabemos, ocurre la obra de Shakespeare sobre un mercader judío):
On the Rialto once/The rats are underneath the piles/The jew is underneath the lot. (En el Rialto, cierta vez/ las ratas están bajo los pilotes/y el judío debajo de ellos).
Por otro lado, otro gran poeta inglés, W.H Auden, excelente traductor de Brecht, con mentalidad más abierta, escribió un largo poema dedicado a Sigmund Freud, a su contribución al conocimiento de la conciencia. En su conclusión lo llama:
An important jew that died in exile (Un judío importante que murió en el exilio).
¡Eso lo definía! ¡Ni siquiera menciona que había sido amenazado y vituperado por los nazis, y que consiguió huir cuando la embajada norteamericana logró sacarlo de Viena! En cambio, Ezra Pound, otro gran poeta de la misma época, nacido en Estados Unidos, decía que se sentía mejor en Londres, donde el poeta Thomas Eliot afirmaba que había sido su maestro. Fue un ferviente antisemita, devoto del régimen fascista de Mussolini, para el que trabajó durante la guerra. Al final de esta los yanquis lo juzgaron por traición; pero evitó la muerte gracias a la presión de gente de la cultura que consiguió que lo declararan loco.

Hace poco se permitió la edición de sus obras, seguramente tocadas, antes de llegar al público lector. Voy a reproducir un fragmento de Cantos, un extenso libro de poemas lleno de citas del pasado, de difícil comprensión. Acá, se refiere a la usura. Claro. Estamos en la Edad Media. Es lo que más le llama la atención. La usura la practicaba un grupo separado de la gente, que no podía tener tierras y que, para sobrevivir, entre otras cosas, se dedicaba a prestar plata. Aunque no se los nombra, el fragmento del Canto XLV se refiere a los judíos.
With usura hath no man a house of good Stone
–With usura
Hath no man a painted paradise on his church wall
—
With usura, sin against nature
Is thy bread dry as paper
—
Wool comes not to market
Sheep bringeth no gain with usura
(Debido a la usura, nadie tiene una casa de piedra sólida/ por la usura, nadie tiene un paraíso pintado en la pared de su iglesia/ debido a la usura, pecado contra natura, tu pan está tan seco como el papel/ la lana no llega al mercado y el ganado no deja ganancias).
En Francia se libraron grandes batallas entre los intelectuales. Como ya vimos, en 1906 se rehabilitó a Dreyfus. Incluso, se lo reintegró al ejército, como jefe de un escuadrón. Pero el hombre, destruido por su estancia en la cárcel de la Isla del Diablo, no alcanzó el formato de un héroe, ni el de una víctima célebre. Solo pasa a la historia como un motivo para que el escritor Zola organizara el movimiento de liberales de izquierda, los dreyfussistas, como se los llamó desde entonces. Pero no todas fueron rosas. Al día siguiente de la liberación de Dreyfus, el periódico La libre parole, titulaba así la noticia: “Es un triunfo de los judíos”.
Ahora el antisemitismo se extiende con un ingenio poco común. Periódicos de derecha “descubren” que en París hay demasiados negocios con dueños extranjeros. “Obreros, que se desempeñan en imprentas, afirman que la K, la W y la Z son letras judías” comenta alguien jocosamente. Y otro señala insidiosamente: “Los franceses ¿nos sentimos en casa en Francia?” El odio, ahora al extranjero, al inmigrante, se extiende; será caldo de cultivo para los nazis. Se empezó a decir que la Francia católica y latina, estaba amenazada por una anti-Francia protestante y judía, llena de gente que hablaba idiomas raros. “Metecos” los llamaban, en alusión a aquellos que vivían en Atenas, en el siglo V antes de Cristo, y no eran atenienses. Como nativo de un país creado por inmigrantes, como es Argentina, este tema me resulta especialmente revulsivo.
Es entonces que Drummond, un escritor mediocre, acuña una frase que se popularizará rápidamente, adaptada a cada país: “Los judíos dominan a París, como París domina a Francia”. Nace también la idea de complot (los judíos quieren conquistar al mundo), que nutre a escritores representativos de la época, como Barres y Maurras, que llegarán a nuestras costas en la primera mitad del siglo XX y serán ávidamente leídos por nuestros escritores de retaguardia. A los nombrados, hay que sumar a León Daudet, Charles Peguy y André Gide. Como se ve, después del affaire Dreyfus, el ambiente cultural está dominado por los intelectuales de derecha.
Augusto Barrès, junto con Charles Maurras, fue representante del nacionalismo francés de comienzos siglo XX. Antisemita militante durante casi toda su vida, a él se debe -según algunos- el haber acuñado el término nacional socialismo, de tanta difusión en las décadas siguientes. Muchas cosas unen a estos escritores. Por ejemplo, todos extrañan la época de la grandeur de Francia, o sea la época de la monarquía. Barres huele a decadencia por todos lados. “Francia murió en 1789”, afirma gravemente. Todos ellos levantan el fantasma de la inmigración y asustan con las consecuencias que produce de la mezcla de razas. El antisemitismo va a ser el pegamento que va a unir todas sus ideas. Maurras, que creó el concepto de “nacionalismo integral”, prefigura el fascismo que pronto se extenderá por toda Italia.
Como recordarán, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Alemania ocupó Francia en una semana. Una parte quedo “libre” y la otra estuvo dirigida por un viejo militar, el mariscal Philippe Pétain. Ahí fue donde se perpetraron las peores atrocidades. Sin embargo, Barres, Maurras y todos ellos consideraron la ascensión de Pétain al poder, en 1940, como una “sorpresa divina”. Al terminar la guerra Pétain fue arrestado y condenado a muerte por colaboracionista. La pena se le conmutó por cadena perpetua. Su respuesta fue: “C’est la revanche de Dreyfus!” (“¡Es la venganza de Dreyfus!”). Bajo la ocupación nazi comenzará un movimiento que será una constante en el mundo de los intelectuales. Algunos pasan de la izquierda a la derecha o de la derecha a la izquierda. ¿¿Por conveniencia? ¿Por sinceras dudas? ¿Acaso no es una de sus características, buscar siempre la verdad?

El apogeo de los intelectuales, el momento culminante se dará en el París de posguerra. Jean-Paul Sartre fue lo máximo a lo que se puede aspirar. Escribió libros de filosofía, novelas, biografías, obras de teatro. ¿Fue un intelectual, como lo definimos aquí? Si, en toda su obra, y en sus innumerables reportajes, no solo en los diarios sino ahora también para la televisión, expresó su compromiso con la sociedad. Además, fue un activista político y un militante. Conoció la cárcel, bajo el nazismo, pero después tuvo la suerte de vivir en una sociedad donde reinaba la libertad como el aire que se respira, como era la París de posguerra. Como si fuera poco, tuvo incluso con Simone de Beauvoir, gran escritora y feminista, una pareja abierta, que duró hasta el último día de su vida. Recuerdo siempre un diálogo que tuvieron en el último reportaje que ella le hizo, antes de que él muriera, a los 75 años, que después se editó. En La ceremonia de los adioses es donde Simone de Beauvoir le pregunta: “Aceptando el hecho de que la edad es una convención, ¿qué edad considera usted que siempre tuvo?” Sartre respondió: 35 años. Porque a esa edad uno mantiene la curiosidad y todavía puede cambiar.
¡Sartre, hasta tuvo grandes debates, como el que sostuvo con Albert Camus, que todavía hoy se analiza! Porque Camus publica en 1951 El hombre rebelde, donde cuestiona tanto a marxistas como al comunismo. No podemos meternos ahora en eso, pero en ese momento, como militante de esa doctrina, Sartre lo rechaza y lo critica. Ahora bien, visto desde el hoy, ¿fue un pensador original? ¿Un gran escritor? Su obra ¿todavía perdura? Ya que fue la culminación de un modelo de intelectual que no se repitió -en mi opinión- y no se repetirá, vale la pena detenernos un momento en esto.
No, quizá no fue un gran pensador original. Pero él mismo lo reconoció. Porque este creador de un existencialismo, con una mezcla de marxismo, afirmó en “Cuestiones de Método”, prólogo a su monumental Crítica de la razón dialéctica, que solo aparecen filósofos originales en épocas de grandes rupturas, anticipándolas. Por lo tanto, en el momento en que vive, prefiere llamarse ideólogo. En cuanto a su teatro, puedo opinar con mayor consistencia. Hace algunos años, cuando el teatro San Martín llamó a Eva Halac para montar Las Manos Sucias, obra de su autoría, y la directora me pidió que hiciera la traducción al castellano, comprobé la vigencia de la idea y la calidad de su escritura, a casi 80 años de su estreno en París. La obra es de 1948.
En esa época evidenció ser también un intelectual políticamente comprometido. Abrazó el marxismo, aunque no se afilió al partido comunista francés. Como si todo esto fuera poco, en esa época escribió un ensayo donde dijo que el nacionalismo francés era provinciano y, en un giro profético, abogó por unos “Estados Unidos de Europa”. Los que estamos en uno de los confines el mundo, como es Buenos Aires, en su momento nos suscribimos a la revista Les Temps Modernes, que Sartre dirigió desde fines de la guerra. Sus opiniones, siempre fueron respetadas en Occidente. Y con un gesto más de su singularidad, rechazó el premio Nobel cuando le fue concedido.
Los Imperios Contraatacan
La Segunda Guerra Mundial terminó en 1945 dejando 100 millones de muertos. De un lado estaban los aliados, los buenos, y del otro los países del Eje, Alemania, Italia y Japón, que fueron derrotados. Se conserva una foto de los ganadores, sentados, sonriendo: Churchill, Roosevelt, De Gaulle y Stalin. Pero estos se dieron cuenta enseguida que representaban sistemas diferentes. Por un lado, estaba la Unión Soviética, con un racimo de países bajo su control, y por el otro lado Estados Unidos y Europa: el así llamado “mundo libre”. ¿Dónde quedaba el intelectual, con sus devaneos de opinar de esto y de aquello, con absoluta libertad? Se convirtió rápidamente en el jamón del sándwich.
En Estados Unidos, mientras limpiaban y guardaban las bombas atómicas que no habían tirado, las autoridades empezaron a preguntarse quiénes eran todos estos escritores, profesores y músicos, que hablaban en un montón de idiomas y vivían mayormente en la costa Este, cerca de Hollywood. (Traducido al castellano: “bosque sagrado”). Eran, mayormente, intelectuales que habían escapado del nazismo. Ahora, ¿y por qué el nazismo los había perseguido? Ahí estaba la cuestión. Algunos pensaban cosas raras. Devaneaban. No les convencía el sistema que los había acogido, que los había salvado del encierro y la muerte. Discutían todo, encontraban buenas cosas en el otro sistema también. ¡No solo eso, contagiaban sus ideas a los norteamericanos, directores y actores del mundo Hollywood! Enseguida tomaron algunas decisiones drásticas. Por ejemplo, en 1953 detuvieron, juzgaron y mandaron a la silla eléctrica al matrimonio Rosemberg. Fueron acusados de enviar secretos militares al enemigo. ¡Al nuevo enemigo!
Al mismo tiempo apareció una organización que con el tiempo se conoció como el macartismo, que funcionó en Estados Unidos desde 1950 a 1955. El senador McCarthy, que la dirigía, sostenía que tenía listas de comunistas infiltrados en el Departamento de Estado. Rápidamente se concentró en la industria del cine, armando listas negras de actores, directores y guionistas. Con su accionar, que básicamente consistía en interrogatorios a famosos, se ganó la primera plana de los diarios. Su foto salió en todas partes. Su rating era espectacular. Por lo general, carecía de pruebas, pero igual consiguió arruinar la vida de numerosas personas, que podríamos llamar también intelectuales. Estos, aparte de su tarea social, se preocupaban incluso por los devastadores efectos de las bombas atómicas lanzadas, y también con el hecho de que ahora que muchos países trataban de conseguir esas bombas. No olvidemos que el lanzado de la primera bomba creó grandes conflictos morales.

El modo de actuar de esta institución se denominó caza de brujas. Porque las personas sentían que eran acusadas de cualquier cosa, como si estuvieran ante una Inquisición como la que, a comienzos del siglo XV, en España, sobre todo, llevó a cientos de personas a la hoguera. Allá, acusadas de no ser fervientes católicos. En el siglo XX, en Estados Unidos, de ser comunistas, o al menos simpatizantes de la Unión Soviética. Estudios posteriores del fenómeno comprobaron que el senador McCarthy y sus ayudantes prácticamente nunca tuvieron prueban contundentes que demostraran la veracidad de sus acusaciones. Personalidades como Arthur Miller y Bertolt Brecht tuvieron que sentarse en el banquillo de acusados. Charles Chaplin, inmediatamente después de eso, dejó el país y se instaló en Suiza. No solo lo acusaban por sus ideas, también por sus chistes de doble sentido. En su autobiografía cuenta que una vez le preguntaron por qué en un discurso había usado la palabra camarada. Él respondió: Busqué la palabra en el diccionario. Para mí, los comunistas no tienen el uso exclusivo de la palabra camarada.
También escarbaron en su vida privada, costumbre que sigue vigente cuando se quiere arruinar la vida de alguien. ¿Por qué Chaplin andaba con tal o cual mujer? ¿Era la joven mayor de edad cuando empezó a salir con ella? En Tiempos Modernos figura una graciosa escena en la que Charlot se queda sin querer con la bandera roja de unos obreros que manifestaban por las calles. ¡Claro, eso puede interpretarse de muchas maneras! ¡Es arte! Como el discurso al final de El Gran Dictador, donde -después de haberse burlado y haber humillado a Hitler como nadie- aboga por una humanidad mejor. Justo lo que haría un intelectual.
El dramaturgo Arthur Miller, autor de La muerte de un viajante, quizá la obra de teatro más representativa del siglo XX, fue interrogado por McCarthy, que tenía en su equipo personas de mucha categoría, dos de los cuales después serían presidentes. Hablamos de Richard Nixon y Ronald Reagan. Este último, también informante de la CIA, en su momento había sido simultáneamente presidente de la Asociación de Actores de Estados Unidos. McCarthy, cuando tuvo a Miller frente a él, le preguntó: “¿Conoce usted a escritores comunistas? ¿Puede darnos sus nombres?” A lo que Miller contestó: “No, porque por lo que vi, llevan una vida bastante dura. No se las voy a hacer más dura dando sus nombres.”
Después de ser interrogado Miller tomó su auto y se encaminó raudamente hacia Salem, un pueblito donde siglos atrás había sucedido una caza de brujas semejante. Todo esto está minuciosamente relatado por la hija de Miller, que a su muerte hizo un documental al respecto. El resultado fue la obra The crucible, que acá se conoce como Las Brujas de Salem, obra de teatro cuyas 50 páginas hoy son más famosas que el millón de papeles que se conservan del macartismo. Después de su estreno, Sartre le pidió los derechos para hacer un guion de cine y Miller se los concedió. La película, rodada en Francia, es un ejemplo de colaboración entre intelectuales.

Ahora veamos un poco que pasaba del otro lado de la así llamada cortina de hierro. Stalin, que había adquirido cierta notoriedad después que el Ejército Rojo derrotara a los nazis, nunca quiso mucho a los intelectuales. Isaac Babel, que durante la revolución rusa había escrito Caballería roja, un deslumbrante libro de relatos, un día desapareció. Era muy joven. No sé si dijo algo inapropiado o fue denunciado por alguien, pero un día no se supo más nada de él. También nos dejó un par de obras de teatro que nunca se representaron. El gran poeta Maiacowski, acorralado, un día se suicidó. En 1939 se realizó en Moscú un Congreso de Directores de Teatro. Cuando Meyerhold subió al podio para hablar, un gran aplauso se oyó en la sala. Era el gran director de teatro que había llenado la Plaza Roja con espectáculos deslumbrantes, poniendo en escena la Revolución de Octubre.
Cuando habló en el Congreso, se sinceró: “Se me acusa de haber experimentado demasiado en mis puestas en escena… Se me acusa de ser un formalista… de que en la búsqueda de nuevas formas perdí el sentido de lo que quería decir… ¡Falso! ¿Cómo enjuiciarían ustedes el estado actual del teatro soviético? No sé si llamarlo antiformalismo, o realismo, o naturalismo, o cualquier otro ‘ismo’, solo sé que carece de espíritu y es malo.” Después de decir su discurso desapareció para siempre. A las dos semanas su mujer, una famosa actriz, apareció muerta en su departamento. Había recibido numerosas puñaladas. La puerta de entrada del lugar fue tapiada con maderas.
Paradigmática es la historia de Bertolt Brecht, autor de obras como Madre Coraje y sus hijos, La vida de Galileo, La Opera de dos centavos que hoy son parte de la historia del teatro. Huyó del nazismo en 1933 y fue de un lado a otro “cambiando de país con más frecuencia que de zapatos” como dice en un célebre verso. Consiguió unas visas para él y su familia y terminó en California, donde vivió modestamente, haciendo uno que otro trabajo para el cine y siguiendo atentamente el curso de la guerra europea. En 1948 tuvo que presentarse ante la comisión de MacCarthy, donde fue penosamente interrogado. En un difícil inglés, que por lo que se ve no terminó de aprender bien, se defendió como pudo de la acusación de si era comunista o si escribía como un comunista. Al día siguiente subió a un avión y dejó el país, al que nunca más volvió.
Después de varias peripecias que mellaron su ya deteriorada salud, Brecht recaló en Berlín. La que antes había sido una gran ciudad cultural, al final de la gran guerra era un montón de basura y de edificios quemados. Había sido dividida entre las 4 potencias. Las cosas ahora serán diferentes, pensaba el autor de El circulo de tiza caucasiano, mientras sacaba los escombros que rodeaban al Theater am Shiffbauerdamm, sala por la que guardaba especial cariño, ya que ahí había estrenado la famosa Opera de dos centavos, con música del inolvidable Kurt Weill. El embajador soviético se lo había consignado para crear una compañía y hacer lo que él sabía hacer: teatro. Entusiasmado, Brecht llamó a directores actores y músicos, a todos los que conocía, ahora exiliados en diferentes países. Así nació el Berliner Ensemble, que pronto adquiriría fama mundial.
Pero las cosas nunca son fáciles. El enfrentamiento este oeste, la guerra fría, endureció la vida y congeló la cultura de Alemania Oriental. La censura adquirió niveles enormes, que afectó también a Brecht. La condena de Lucullus, una parodia en la que un supuesto general romano es enjuiciado en la ultratumba por un tribunal de gente común, y que termina con una diatriba contra de todos los ejércitos del mundo, dio su última función el mismo día vio su estreno. El embajador soviético dejó el palco en que estaba sentado sin saludar a nadie. La excusa era que el coro, al condenar a todos los ejércitos del mundo, no había hecho excepción del ejército soviético, que había salvado al mundo del nazismo. En cuanto a la crítica, esta dijo que la Unión Soviética tenía muy buenos tribunales que no trabajaban en la oscuridad de la ultratumba sino a la luz del día, juzgando a gente que, como Lucullus, había obrado mal.
El 17 de junio de 1953 se produjo el levantamiento obrero de Berlín, al que siguieron otros en los países detrás de la cortina de hierro. La prensa occidental acusó Brecht de callarse, de apoyar incondicionalmente al régimen. Con la misma intención, un célebre novelista de Alemania Occidental, Gunther Grass, escribió una mordaz obra de teatro donde el protagonista, Brecht, sigue ensayando una obra en su escenario, haciendo oídos sordos a los obreros que vienen a pedirle ayuda. Al poco tiempo, el dramaturgo sufrió un infarto. El norteamericano Eric Bentley, que había traducido al inglés obras suyas, que escribió La vida del drama, un buen libro de dramaturgia, y que se sentía un poco discípulo suyo, lo vio en esa situación y casi no lo reconoció.

Yo llegué a Berlín en 1957 con una beca, seis meses después que Brecht hubiera muerto. Vi las grandes obras que estaban puestas en su teatro, pero no lo vi a él. Ahora, casi 70 años después, creo que fue una suerte que no lo conocí. Hubiera sido una impresión muy fuerte para un joven de 20 años, como era entonces. Brecht estaba muy mal, al final deliraba, caminaba por el escenario diciendo a los actores frases incoherentes, mientras su mujer, la gran actriz Helene Weigel, iba detrás suyo haciendo gestos, pidiendo que no lo contradijeran. No lo conocí, pero vi las estupendas puestas de sus obras. Aunque en un realismo apagado, lo más parecido al realismo socialista, el único estilo permitido. Uno que otro efecto de distanciamiento le había sido concedido, como cuando en su versión de La madre de Gorki, la intérprete, Helene Weigel, recibe la noticia de la muerte de su hijo. No llora. Simplemente baja los párpados y cae despacio la luz que daba sobre su cara.
Su Diario de Trabajo se parece al del Che. Son monumentos de gente que deja testimonios antes de desaparecer.
Muerte del intelectual ¿O transformación?
Si dejó de ser un hombre orquesta como Sartre, que escribía de todo y nunca le hacía asco a un reportaje, el intelectual, en nuestros días, ¿en qué se convirtió? Su agonía fue lenta. La guerra de Vietnam obligó a Sartre, como a muchos otros, a pronunciarse en favor o en contra. Lo mismo pasó ante los numerosos conflictos árabe-israelíes, en los que entonces, como ahora, países de la región se negaban a reconocer al nuevo estado. El intelectual Raymond Aron escribió, después de la guerra de los Seis Días: “La victoria militar salvó a Israel, pero la victoria auténtica solo será la paz”.
Antisionistas de izquierda, igual que ahora, tienden a confundir antisionismo con antisemitismo. Sartre escribe, anticipándose a los sucesos como siempre, Reflexiones sobre la cuestión judía, donde afirma que muchos individuos de origen judío se vuelven “judíos” solo bajo la mirada del antisemita. Del otro lado del Atlántico, Arthur Miller escribe una sátira donde un norteamericano con “cara de judío” se fastidia porque lo confunden con uno de verdad. Es interesante señalar que, en Francia al menos, después del affaire Dreyfus la actividad agropecuaria y la carrera militar estuvieron vedadas a los judíos. La increíble transformación del desierto del Neguev en un espacio apto para el cultivo y las victorias militares de Israel, demostraron cuán falaces habían sido estas ideas.
El levantamiento estudiantil denominado Mayo del 68, demostró como la realidad iba más rápido que las ideas de los intelectuales franceses. Sartre insinuó una teoría: “la imaginación tomó el poder”. En realidad, los intelectuales europeos, que tenían una idea fija con la revolución social, en ese momento estaban absorbidos por un gran tema: ¿por qué los grandes partidos comunistas de Francia e Italia, no habían intentado la revolución después de la gran guerra?
En 1971 se celebraron discretamente los 100 años de la Comuna de París, un acontecimiento que en el siglo XIX prefiguró la revolución rusa. Poco a poco el tema de la revolución dejó de hacer ruido y se constituyó en una ocasión para hacer un seminario. O, en el peor de los casos, dar una conferencia. La caída de la Unión Soviética, sobre todo la forma en que sucedió, donde la gente corría a manotear algo para salvarse sola, insinuó que “el momento histórico de la revolución ya pasó” como dijo un periódico. La novela 1984 de George Orwell, terriblemente crítica de la Unión Soviética, volvió a primer plano. Alguien agregó con sarcasmo: “el marxismo es el opio de los pueblos”.
¿Era verdaderamente así?
El marxismo, como el antisemitismo, recorrió la vida del intelectual desde que apareció. Hoy, el análisis de la realidad presupone las causas económicas. ¿Puede interpretarse la guerra de Medio Oriente, que se desarrolla mientras escribo estas líneas, sin este marco? ¿Son más importantes las estrategias militares que se emplean, o las oscilaciones del precio del petróleo, que mantienen en vilo a los países del mundo?
Otro ejemplo. El marxismo cambió la interpretación de la historia. Antes se pensaba que los cambios sociales eran obra de los grandes hombres providenciales; poco a poco se empezaron a descubrir las razones económicas subyacentes de esos cambios. Por ejemplo, en la Sudamérica del siglo XIX, ¿los pueblos empezaron a buscar su libertad solo inspirados por los ideales de la revolución francesa? ¿O también influyó el enfrentamiento monopolio español contra el libre comercio auspiciado por los ingleses, que tenían detrás su Revolución Industrial?
En Buenos Aires, la segunda invasión inglesa, ¿no terminó en una suerte de entendimiento? ¿Acaso no nos cuentan que jóvenes soldados ingleses iban a bailes organizados por las jóvenes porteñas? En 1809 un barco inglés atracó de pronto en el puerto local. Estaba lleno de mercaderías de fabricación inglesa. El comandante de la nave había pedido permiso para bajarlas, aduciendo que los puertos de Brasil estaban abarrotados de barcos llenos de mercaderías y por eso había buscado otro destino. Los porteños se abalanzaron sobre los productos importados, eso después se convirtió en una costumbre. Los negocios ingleses que los vendieron se llenaron de plata. ¡Los comerciantes españoles protestaron ante el virrey que ordenó su inmediato cierre!
Este episodio ¿no trajo consecuencias? Se nos dice que el 25 de mayo de 1810, apenas la Primera Junta se asentó en el Fuerte, se oyeron cañonazos de tres barcos ingleses, que casualmente estaban en la rada del puerto, saludando a la nueva nación. Y que después sus capitanes bajaron, entraron al Fuerte, y firmaron con los miembros del nuevo gobierno un tratado de libre comercio. ¿Cuándo se había redactado ese tratado? ¿Cuándo llegaron esos tres barcos y que traían? Los intelectuales argentinos, abocados al estudio de la historia, hacen comprobaciones notables.
Los intelectuales europeos también eligieron. Ante la vieja confrontación entre el intelectual crítico y el orgánico, anticipada por Gramsci, decidieron: se integraron a un partido o eligieron un campo donde trabajar. Michel Foucault y Jacques Lacan aparecen en la nueva generación de intelectuales franceses. Aunque son grandes pensadores ninguno alcanzará la talla de un Sartre. Algunos intentaron poner en su lugar a Foucault, después de su éxito resonante, y merecido, de Vigilar y castigar. Pero después Foucault se concentró en la cuestión sexual y en los derechos de los homosexuales. Además, murió muy joven. En cuando a Lacan, su campo de acción fue siempre el psicoanálisis.

Los intelectuales empiezan a dejar de lado las grandes cuestiones universales. A comienzos de la década del 70 estalla el movimiento por los derechos de la mujer, y muchos adhieren al mismo. Otros intelectuales empiezan a preocuparse por los peligros que acosan a la democracia, por la situación en los hospitales, por los barrios carenciados. Empieza también un gran enfrentamiento entre intelectuales de izquierda y quienes se anotan en una derecha dura, crítica del marxismo y de la teoría de la lucha de clases, que aplauden al hombre que lucha solo y tiene éxito en un mundo donde prevalece el consumo por encima de cualquier otra virtud.
Las guerras ya no generan nuevos pensamientos. Hoy, tanto la de Ucrania como la de Medio Oriente, donde está latente el peligro de una gran conflagración mundial con el empleo de armas atómicas, sobrepasan todo intento de comprensión. El mundo ya no tiene un objetivo que pueda unir a todos, como en su momento fue el de llegar a una sociedad sin clases. La imagen de un Mesias que va a llegar al mundo con el fin de salvarlo, hoy es más poética que religiosa. Llama más la atención la imagen creada por Walter Benjamín, sobre un cuadro de Klee, de un ángel que abandona un mundo en ruinas, donde los muertos claman por justicia, para dejarse llevar por un viento que lo conduce a un futuro incierto.
Pero no todo es negativo. En los intelectuales de hoy prevalece el imperativo de que no hay que quedarse quieto, de que hay que hacer algo. El intelectual es siempre el mismo: un espíritu desinteresado, en principio contrario a las pasiones políticas, que está siempre atento a la injusticia, a la falta de libertad. ¿Se convirtió ahora en la mala conciencia del mundo? Ese tal vez sea un lugar para empezar otra vez.
Apuntes para un final
Conservo en mi archivo un ejemplar de un diario de la década del 60 del siglo pasado, que fue cuando surgió en Buenos Aires un grupo de dramaturgos. Ahí, cinco de nosotros somos interrogados para una nota de envergadura, sobre cómo vemos el teatro y la realidad también. Todos estamos con fotos y decimos lo que opinamos. Esto ya no se da. Los diarios tienen poca circulación y eligen con cuidado lo que dicen.Hoy, si un intelectual quiere expresarse, lo hace motu proprio en las redes, donde aparece hablando o escribiendo sus opiniones. Los diarios pierden audiencia ante la televisión y ante los celulares.
Argentina no es Europa, es Latinoamérica; durante mucho tiempo estuvimos navegando entre gobiernos militares y gobiernos delicadamente democráticos, con las conocidas consecuencias que ahora se ven. En los lapsos dictatoriales, aparecieron las listas negras argentinas. En esas listas figuraban nombres de intelectuales que tenían prohibido expresarse en los medios de comunicación masiva. Hace algunos años Agustín Rossi, entonces ministro de Defensa, presentó en Argentores un folleto que contenía las listas negras de artistas, músicos, intelectuales y periodistas de la última dictadura. El documento había sido hallado en dependencias de la Fuerza Aérea.
Sin embargo, muchos de los que figuramos en esa lista no nos quedamos quietos de 1976 a 1983. Armamos en 1981 Teatro Abierto. Convocamos a 21 dramaturgos, 21 directores y una multitud de actores. Y aunque nos quemaron el teatro del Picadero, donde habíamos estrenado, perseveramos. Gracias a eso, con el apoyo de la opinión pública, continuamos las representaciones en la sala Tabarís. Tuvimos un éxito absoluto. Teatro Abierto, que despertó de la modorra a la sociedad argentina, se extendió dos años más y ya fue merecedor de dos estudios publicados, uno de una investigadora francesa y otro de una española. Además, ya figura en la historia del teatro, en el apartado teatro de resistencia, por su originalidad y por su lucha por la libertad de expresión.

Simultáneamente, algunos intelectuales, como Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, en profundo desacuerdo con la sociedad en que vivían, tomaron la riesgosa decisión de integrar una organización armada. Era otro camino para el intelectual. Conti integró la tristemente célebre lista de desaparecidos, y Rodolfo Walsh cayó asesinado a balazos cuando acudió a una falsa cita. Antes de ir hacia la muerte dio a conocer una carta donde enjuiciaba severamente al así llamado Proceso de Reorganización. Incluso tuvo palabras muy duras contra Montoneros, la organización que integraba: la llamó, metafóricamente, una “patrulla perdida”.
Arthur Miller visitó la Argentina en 1993. Lo pasearon por el sur, pero después estuvo unos días en Buenos Aires. Era grande, pero tenía el semblante de un toro que había luchado en muchas batallas y que, a pesar del costo que pagó, había salido airoso. Le preguntaron si quería pasear por la Boca, ver bailarines de tango, o reunirse con dramaturgos locales. Eligió esto último. El encuentro con dramaturgos locales, más que un juego de preguntas y respuestas. Fue un cónclave donde se analizó el pasado, el presente y el futuro del teatro. Un diario recogió las siguientes palabras de Miller. “Yo creo que seguimos afectados por el lenguaje. Las obras que tienen menos fuerza verbal son desconocidas porque mueren. La comunicación más directa sigue siendo la del teatro. Pero hay que organizarse socialmente. Recuerden, el único elemento inmortal del teatro es el texto, porque todo lo demás se esfuma. Desaparece la actuación, la coreografía, la dirección y también el público. El texto es el centro de todo.” El texto está compuesto por palabras, que es por donde circulan las ideas. Ayer, hoy y mañana también.
Ricardo Halac
