EL PERIODISTA OPY MORALES Y SU VISIÓN SOBRE EL AVANCE DE LA IA
El “cine sintético”. El nuevo gran desafío
“Hollywood tal como lo conocemos tiene los días contados: la era del cine sintético ya está aquí”. “La inteligencia artificial reconfigura el cine y la TV: riesgos, empleos y una industria en transición”. Dos fuertes títulos de sendos artículos aparecidos en un portal de noticias de indudable gravitación, firmados por el periodista Opy Morales; dos textos que ponen luz sobre un fenómeno que, de modo creciente, avanza sobre todo la construcción audiovisual que hemos conocido y que hoy se encuentra ante un cambio copernicano que no deja a ningún sector indiferente.

De todo esto hablamos con Morales, director de Estrategia de IA y Operaciones Editoriales Regionales en Infobae, el medio digital. Desde Miami, lidera la integración de inteligencia artificial en el periodismo a través de ScribNews, la plataforma de IA propia de Infobae que utilizan a diario más de 400 periodistas con más de 50 herramientas activas, y que fue reconocida por el Knight Center for Journalism in the Americas (Universidad de Texas) como uno de los proyectos periodísticos más innovadores de América Latina en 2025. Presentó ScribNews ante la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en SIPConnect 2025. Formado en el ISER (Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica), con trayectoria previa en dirección de televisión en C5N, Canal 9, América Teve Miami, Fashion TV y Much Music, escribe una columna regular sobre IA y tecnología en Infobae.
¿Cuáles son los desafíos más serios y concretos que la IA le plantea a la industria audiovisual en la actualidad, en el corto y en el mediano plazo?
Hoy, el desafío más serio es la velocidad. No estamos hablando de una tecnología que va a llegar en cinco años. Ya llegó. Seedance 2.0 lo demostró: un clip de 15 segundos con Tom Cruise y Brad Pitt, generado por una persona, con dos líneas de texto, que alcanzó millones de reproducciones en horas. Eso antes requería un estudio, un equipo de cientos de personas y un presupuesto de millones de dólares. En lo inmediato, los desafíos concretos son tres. Primero, la propiedad intelectual: los modelos de IA fueron entrenados con cantidades masivas de contenido protegido -películas, series, guiones- sin autorización. Las demandas llegan después, pero los datos ya están dentro del modelo y no se pueden “desaprender”. Es lo que llamo el “pecado original” de la IA generativa. Segundo, el empleo: según McKinsey, la IA ya está modificando procesos en desarrollo, producción y posproducción. No hablamos solo de actores; hablamos de editores, directores de fotografía, diseñadores de escenarios, equipos completos. Tercero, la autenticidad: ¿cómo distinguir lo humano de lo sintético? ¿Quién es el autor cuando una máquina genera el contenido? En el mediano plazo, el desafío es existencial: si el espectador no distingue o no le importa la diferencia entre contenido humano y sintético, la industria como la conocemos pierde su razón de ser. La respuesta no la va a dar Hollywood. La va a dar el consumidor.
¿A qué se llama concretamente “era del cine sintético”?
El concepto de cine sintético describe un punto de inflexión: el momento en que la tecnología permite generar contenido audiovisual completo -imagen, audio, diálogo, movimiento- sin necesidad de actores reales, sets físicos ni equipos de producción tradicionales. No es animación. No es CGI (Imágenes generadas por computadora). Es contenido que se genera desde cero a partir de texto, con modelos de inteligencia artificial. Lo que cambió no es la idea -eso existía como concepto teórico-, sino la capacidad de ejecución. Seedance 2.0, Sora de OpenAI, Runway, Kling son estas herramientas que ya producen resultados que hace un año habrían parecido ciencia ficción. El cine sintético dejó de ser una curiosidad tecnológica y se convirtió en una alternativa real al modelo industrial de Hollywood. Es el equivalente a lo que la imprenta fue para los monasterios: no eliminó los libros, eliminó el monopolio de quién podía hacerlos.
¿Todo esto un avance, de acuerdo con tu opinión?
Sí, es un avance tecnológico innegable. Pero como todo avance, depende de para qué se use y a quién beneficia. La cuestión no es si la tecnología es impresionante –y lo es-, sino qué hacemos con ella como sociedad. Los avances concretos: democratización del acceso. Un cineasta en Argentina, México o Japón puede producir hoy desde su habitación lo que antes requería un sistema históricamente impenetrable. Curious Refuge, una escuela online de cine conformada en base a Inteligencia Artificial, ya formó a más de 10.000 estudiantes de 170 países. Eso es extraordinario. Segundo, reducción radical de costos y tiempos. Critterz, la primera película animada respaldada por OpenAI, se está produciendo en nueve meses con un presupuesto de menos de 30 millones de dólares. Una película de animación tradicional lleva tres años y más de 100 millones. Pero hay un reverso oscuro: si la tecnología reemplaza sin compensar, lo que tenemos no es progreso sino transferencia de riqueza. De los trabajadores creativos hacia las empresas tecnológicas. Ahí es donde entran los derechos de autor, la regulación y la defensa gremial. El avance tecnológico tiene que venir acompañado de protección para los creadores humanos. Si no, no es avance: es despojo.
“Hollywood no muere, muta”, decías en una columna. Hablemos de esto.
Bueno, el punto de partida es una pregunta incómoda: ¿de dónde salió el video viral de Seedance? De Tom Cruise y Brad Pitt. No de actores inventados. Lo que viralizó fue el reconocimiento instantáneo de dos rostros que Hollywood construyó durante décadas. Seedance puede replicar a Tom Cruise, pero no puede crear a Tom Cruise. Los estudios son los dueños de la propiedad intelectual, las estrellas, las franquicias, la distribución global. Sin Hollywood, no hay película que replicar. Ellos son la fuente. Entonces, lo más probable no es que la IA destruya Hollywood, sino que Hollywood use la IA para reducir costos drásticamente. El acuerdo Disney-OpenAI de diciembre de 2025 lo demuestra: mil millones de dólares en equity, 200 personajes licenciados para Sora. Eso no fue una rendición, fue una estrategia de control. Hollywood no está huyendo de la IA. Está aprendiendo a cobrar por ella. Pero la mutación tiene un límite filosófico: si la IA vuelve obsoletos a los actores, a los técnicos, al equipo humano, ¿en qué se convierten los estudios? En fábricas de reproducción sintética. Condominios de propiedad intelectual que licencian franquicias a modelos de IA. El producto cambia radicalmente, aunque el dueño sea el mismo.

¿El universo audiovisual se puede llegar a reconvertir a un nivel que no imaginamos o podrán convivir ambos sistemas?
Mi lectura es que van a convivir, pero no en igualdad de condiciones. Va a haber un cine “artesanal” -humano, presencial, con actores reales- que se va a posicionar como premium. Y va a haber un universo de contenido sintético masivo, barato, personalizado, que será el mainstream del consumo cotidiano. Es como lo que pasó con la comida: existe la comida industrial y existe la cocina de autor. Las dos conviven, pero no compiten en el mismo mercado. Tal vez en un futuro veamos un nuevo tipo de disclaimer (descargo de responsabilidad) antes de una película, que no solo diga si es apta para mayores de 18 años, sino que diga: “100% hecho por humanos”, como la etiqueta de manufactura artesanal en una prenda de vestir. Porque en un mundo inundado de contenido sintético, lo auténticamente humano podría convertirse en el nuevo lujo.
¿Es posible discernir entre la industria del cine, de la TV en todas sus variantes y las plataformas en cuanto a lo que están sufriendo?
Sí, el impacto es diferente en cada una. La televisión tradicional ya sufrió su gran disrupción con el streaming, y lo que queda de ella -deportes en vivo y noticias- es precisamente lo que la IA no puede reemplazar porque requiere inmediatez y autenticidad en tiempo real. Las plataformas de streaming están en una posición paradójica: tienen los datos de consumo de millones de usuarios, lo que les permite usar IA para personalizar contenido a escala. Netflix y Disney ya experimentan con eso. Pero también enfrentan el riesgo de inundarse de contenido sintético de baja calidad. El cine es el más vulnerable en términos de modelo de negocio: presupuestos enormes, tiempos de producción largos, distribución concentrada. Todo eso es exactamente lo que la IA promete abaratar y acelerar. Pero también es el que tiene más para defender: la experiencia colectiva, la pantalla grande, el evento cultural. La premier, la sala, la experiencia social. Eso no se puede sintetizar.
¿La crisis por la IA conmueve igual a la industria estadounidense que a otras regiones, y qué pasa con respecto al caso argentino?
El epicentro es Estados Unidos, sin duda. Hollywood concentra la mayor parte de la producción global, los sindicatos más organizados (SAG-AFTRA, WGA, DGA) y los litigios legales más agresivos. Es ahí donde se están definiendo los precedentes legales que van a regir para todo el mundo. Para Argentina y América Latina, el escenario es doble. Por un lado, hay una amenaza: si Hollywood automatiza su producción, habrá menos coproducciones internacionales, menos trabajo técnico tercerizado y menos oportunidades para actores y equipos locales. Pero, por otro lado, hay una oportunidad enorme: la IA democratiza el acceso a herramientas que antes eran exclusivas de los grandes estudios. Un director argentino con talento y una computadora puede hoy competir en calidad visual con una producción de millones de dólares. La barrera de entrada se desplomó. El riesgo para Argentina es no prepararse. Si el ecosistema local -sindicatos, escuelas de cine, productoras- no incorpora la IA en su formación y sus marcos regulatorios, va a quedar afuera de la conversación. Lo que se define hoy en Hollywood va a impactar directamente en el Río de la Plata. Y Argentores tiene un rol fundamental en ese proceso.

El autor cinematográfico Rhett Reese publicó en X una frase que causó revuelo: “Es probable que se haya terminado para nosotros”. ¿Es realmente así o hay salida?
No es una sentencia definitiva; es una advertencia. Y la diferencia entre que se cumpla o no depende en gran parte de lo que hagan los gremios y las sociedades de autores. El problema central es lo que llamo el “pecado original” de la IA generativa: los modelos fueron entrenados con obras protegidas -guiones, libros, películas- sin pedir permiso ni pagar derechos. OpenAI lo hizo. ByteDance también. Todos lo hicieron. Las demandas llegan después, pero los datos ya están dentro del modelo y no se pueden borrar. Se estrena primero, se negocia después. Y cuando se negocia, el poder ya cambió de manos. La defensa de los derechos de autor es hoy más urgente que nunca. No se trata solo de proteger el trabajo pasado, sino de establecer marcos que garanticen que el trabajo futuro -el que la IA va a facilitar o incluso generar- tenga autoría reconocida, compensación justa y protección legal. Lo que hizo SAG-AFTRA al denunciar a ByteDance en horas, sentenciando que Seedance 2.0 (un modelo de imagen a video y texto a video) “ignora la ley, la ética, los estándares de la industria y los principios básicos del consentimiento” es exactamente el tipo de respuesta que se necesita. ¿Hay salida? Sí, pero requiere acción colectiva. Los autores que se organizan, que regulan, que demandan, que establecen precedentes legales son los que van a definir las reglas del juego. El silencio frente a la IA es la peor estrategia posible. Argentores y las sociedades de autores de todo el mundo tienen que estar en la mesa donde se definen estas reglas. Porque si no están, las reglas las van a escribir las empresas tecnológicas. Pero quiero decir algo que me parece fundamental, especialmente para los autores: la escritura puede convertirse en un commodity, pero la idea original nunca. Es lo mismo que les dije a los periodistas de Infobae. El acto de escribir -como tarea mecánica, como redacción de un texto- sí, la IA lo hace. Y lo va a hacer cada vez mejor. Pero el acto de idear, de crear, de transmitir un sentimiento, de imaginar un giro de guion que nadie esperaba, de encontrar el chiste perfecto o el momento de tristeza que conmueve, eso es exclusivamente humano. La IA puede hacer brainstorming, puede mejorar un borrador, puede acelerar el proceso. Pero la idea original, los derechos de esa idea, son del autor. Siempre. Porque la IA no tiene ideas propias. No tiene una experiencia de vida que la impulse a contar algo. No tiene un punto de vista. El autor no pierde su esencia por usar IA para escribir más rápido, del mismo modo que no la perdió cuando dejó de escribir a mano y pasó a la máquina de escribir, o al procesador de texto. La herramienta cambió; el creador sigue siendo el mismo. Entonces, para Argentores, el mensaje tiene que ser doble: sí, hay que defender los derechos con uñas y dientes. Pero también hay que abrazar la herramienta, conocerla, dominarla. Porque no se puede regular lo que no se usa, no se puede opinar con autoridad sobre lo que no se conoce. Y eso es lo que veo en muchos legisladores y en muchas voces que hablan de regular la IA sin haberla tocado nunca. La regulación tiene que venir de adentro del oficio, no de afuera. Hoy es autores con IA. No autores contra IA. El futuro les pertenece a los que ocupen ese lugar. Y si no lo ocupan ellos, van a venir otros.
Hablando de cambios, explicabas en Infobae que “el paralelo con lo que ya ocurrió en la televisión es difícil de ignorar, aunque por una razón distinta a la que parece. La TV no mudó al streaming porque la tecnología fuera superior: mudó porque el usuario cambió. El espectador decidió que prefería ver lo que quisiera, cuando quisiera, y la industria tuvo que adaptarse o morir. Con el cine sintético pasa lo mismo: si el usuario prueba contenido generado por IA y le da igual -o incluso lo prefiere por su inmediatez y personalización-, ahí está la respuesta. No la da la industria. La da el consumidor.” ¿En ese último punto está la clave de todo?
Absolutamente. Es la lección más importante que dejó la transición de la TV al streaming, y es la que la industria del cine debería tener grabada a fuego. La TV no murió porque Netflix fuera tecnológicamente superior. Murió porque el espectador decidió que prefería ver lo que quisiera, cuando quisiera, sin esperar la grilla de programación. La industria no tuvo opción: se adaptó o desapareció. Con el cine sintético pasa exactamente lo mismo. Si el usuario prueba contenido generado por IA y le da igual – o incluso lo prefiere por su inmediatez y personalización- ahí está la respuesta. No importa lo que digan los estudios, los sindicatos o los festivales. Si el consumidor adopta el contenido sintético, la industria va a tener que seguirlo. Eso no significa que sea inevitable. Significa que la batalla se gana en la percepción del público, no en los tribunales. Si logramos que la audiencia valore lo humano, que distinga y que prefiera la creación genuina, entonces hay futuro para los creadores. Pero si al público le da igual, ninguna ley va a detener la ola.

¿Qué va a pasar con los que egresan de escuelas tan particulares como Curious Refuge?
Lo que está pasando con Curious Refuge es una señal clarísima. Tiene más de 10.000 estudiantes de 170 países, y fue adquirida por el estudio Promise, respaldado por Peter Chernin y Andreessen Horowitz. El 95% de sus estudiantes son profesionales de la industria del entretenimiento o la publicidad que están actualizando sus habilidades. Esas personas no van a reemplazar a los cineastas tradicionales. Van a ser cineastas aumentados: profesionales que combinan sensibilidad artística con dominio de herramientas de IA. Es lo mismo que vimos en el periodismo: como dije en SIPConnect, “no te va a reemplazar la IA, te va a reemplazar otro profesional que sepa usarla”. La generación que sale de estas escuelas va a producir más y, además, más rápido y barato. Algunos van a hacer contenido descartable; otros van a hacer obras maestras. Como siempre en la historia del arte: la herramienta no determina la calidad. La determina el talento y la visión del creador.
¿Este cambio puede favorecer a estudios chicos o individuos que antes no tenían acceso?
Es probablemente el cambio más revolucionario de todo esto. Durante un siglo, hacer cine de calidad requería infraestructura industrial: estudios, cámaras, equipos, distribución. Todo eso estaba concentrado en muy pocas manos, fundamentalmente en Los Ángeles. La IA rompe ese monopolio de golpe. McKinsey señala que la democratización podría permitir a estudios pequeños y creadores individuales competir en mejores condiciones con los grandes conglomerados. Pero hay un matiz: los grandes distribuidores aún concentran el 84% del gasto en contenido en Estados Unidos. Entonces, sí: podés producir una película desde tu departamento en Buenos Aires. Pero distribuirla, que la vean, que monetice…eso sigue siendo el cuello de botella. La IA democratiza la producción. Falta democratizar la distribución. Ahí está la próxima gran batalla.
¿Qué conclusiones te lleva por fin a lo ocurrido con el video de Cruise y Pitt en IA?
El video de Seedance es un punto de inflexión por varias razones. Primero, demostró que la tecnología ya está aquí. No es una promesa, no es un demo de laboratorio. Es un clip que circuló por todo el mundo y que mucha gente no supo distinguir de una producción real. Segundo, expuso el “pecado original”: ByteDance lanzó un modelo sin salvaguardas, generó contenido con rostros de estrellas protegidas, y forzó a la industria a reaccionar de emergencia. Disney, Paramount, la MPA, SAG-AFTRA, todos respondieron en menos de 72 horas. Es una prueba de límites calculada por una empresa china que opera bajo reglas distintas. Tercero, reveló la paradoja de Hollywood: Disney demanda a ByteDance por usar su propiedad intelectual sin permiso… mientras cierra un acuerdo de mil millones de dólares con OpenAI para licenciar esa misma propiedad intelectual. El mensaje es claro: el problema no es la IA. El problema es quién la controla y quién cobra. Y cuarto: el video usó a Tom Cruise y Brad Pitt, no a actores inventados. Lo que viralizó fue la marca humana que Hollywood construyó durante décadas. La IA puede replicar, pero no puede crear desde cero lo que hace falta para que un clip se vuelva viral: reconocimiento, emoción, historia. Eso sigue siendo humano. Por ahora.
Ante la velocidad de los cambios, hay que resguardar el rol autoral y sus “derechos”, en definitiva.
Hay algo que quiero dejar muy claro, porque es lo que más me preocupa en todo esto: la tecnología avanza más rápido que la regulación y más rápido que la capacidad de respuesta de las instituciones. Mientras los gremios discuten, los modelos ya fueron entrenados. Mientras los legisladores deliberan, millones de personas ya están generando contenido sintético. La ventana para actuar es mucho más corta de lo que parece. Como periodista, vivo esto todos los días. En Infobae creamos ScribNews, una plataforma de IA que usan más de 400 periodistas. Pero con un principio innegociable: la herramienta no publica sola. Todo pasa por revisión, edición y aprobación humana. El periodista decide, la IA asiste. Ese debería ser el modelo para toda la industria creativa: IA sí, pero en manos humanas. Para las sociedades de autores como Argentores, el momento es ahora. No mañana. Lo que se defina en los próximos dos o tres años va a determinar las reglas de juego para las próximas décadas. Los precedentes legales que se establezcan frente a ByteDance, frente a OpenAI, frente a los modelos que usaron contenido protegido sin autorización, van a ser el marco para todo lo que venga. La IA no tiene que ser el enemigo del autor. Puede ser su herramienta más poderosa. Pero solo si el autor conserva la titularidad de lo que crea, si se respetan sus derechos, y si las empresas tecnológicas no pueden entrenarse con su trabajo sin pagar por ello. La escritura como tarea mecánica puede delegarse. La idea, no. El sentimiento, no. El punto de vista, no. El autor humano es irremplazable. Pero solo si lucha por serlo. Hoy es autores con IA. Y si no ocupan ese lugar, van a venir otros.
L.C.
