ENTREVISTA A RICARDO TALESNIK

Un autor prolífico y muy premiado 

Autor de obras muy reconocidas en teatro como La fiacaLos japoneses no esperan, Cómo ser una buena madre (en coautoría); en televisión por programas como Mi cuñado o Pone a Francella –también en coautoría-, y en cine por distintos títulos (entre ellos La guita o Las venganzas de Beto Sánchez), Ricardo Talesnik es desde hace tiempo un creador consagrado no solo por el  público, que ha celebrado con su regular presencia los distintos trabajos suyos, sino también por varias entidades artísticas y profesionales que le han concedido premios como el de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina; el Estrella de Mar -que entrega la municipalidad del Partido de General Pueyrredón- o el que concede APTRA (Asociación de Periodistas de la Televisión y la Radiofonía Argentina). También Argentores (Sociedad General de Autores de la Argentina) le otorgó, entre otras distinciones, el Gran Premio de Honor 2022 y le rindió un homenaje a su trayectoria el 23 de abril pasado en la sala Gregorio de Laferrere de su sede central. Aprovechando esta circunstancia, la revista Autores decidió hacerle una entrevista y para eso concertó con él un encuentro que se realizó en su domicilio particular. Lo que sigue es una síntesis de la extensa charla que mantuvo con él.  

¿Cuándo surge la vocación de escribir? ¿De chico, de joven?  

De chico no pensaba en escribir. Recuerdo que en la escuela primaria y en la secundaria me gustaban las materias que tuvieran que ver con redacción, lenguaje e historia. Abandoné el colegio nacional en segundo año, dejé el estudio de piano, teoría y solfeo en quinto año y el inglés después de varios meses con maestra particular. Yendo al tema propuesto voy a lo que tiene que ver con el espectáculo. En la primaria recité un poema que escribí con un primo algo mayor que yo para decirlo en un acto de no me acuerdo qué grado. Gracias a las gestiones de mi madre, cuyo objetivo máximo era que yo fuera actor, debuté como niño extra en La pródiga, la última película que protagonizó María Eva Duarte. Después fui extra en otra película: Cuando en el cielo pasen lista. Debuté en teatro gracias a mi representante maternal. Mi letra era “Oh, qué reloj tan soberbio”. El protagonista era un gran actor muy prestigioso por ese entonces llamado Luis Arata. El director, Narciso Ibañez Menta. La obra: El Anticuario. En esa época se hacían tres funciones por día: matinée, vermut y noche. Y yo me las veía a todas espiando desde un costado fuera del escenario. Se enferma el pibe que hacía el papel infantil más relevante y alguien dice: “Ricardito se sabe la obra de memoria porque siempre ve todas las funciones y puede reemplazar al chico que se enfermó”. Y así fue. La única escena que recuerdo transcurría en una calle de Londres azotada por un viento muy frío y yo estaba con mi espalda apoyada en una supuesta pared sobre la que me iba deslizando hasta caer sentado diciendo: “Tengo hambre, tengo sueño, tengo frío.” La ovación escuchada en ese momento la volví a escuchar en sucesivas funciones durante algunos días. El pibe que hacía ese papel nunca más volvió al elenco y a mí me reemplazó otro para deslumbrarse con aquel reloj tan soberbio. Mamá y yo nos sentimos muy felices hasta que se nos comunicó que yo regresaría al reloj para que el chico que me había reemplazado a mí ahora me reemplazara en el personaje más importante. Los insultos de mi madre a los responsables de la maniobra no los repito por respeto a la memoria de prestigiosos artistas. Por supuesto, abandonamos la compañía.    

¿Y qué hiciste después?  

Tuve un rapto de rebeldía frente a mi vieja y dejé todo lo que estaba estudiando. Mi viejo me apoyaba y quería llevarme al Mercado de Abasto, donde él comenzó trabajando como peón y había llegado a ser socio en un local de venta de bananas por mayor. (Siempre le decía a mamá que en el ambiente artístico eran todos putos). Por un lado, me gustaba estar en un ambiente donde había trabajo físico, levantar y bajar cachos de banana y cajones con bananas sueltas. Con el apoyo económico de mi viejo me compré un camión para hacer fletes en general y sobre todo para ir al puerto a cargar las bananas que venían de Brasil. Ese trabajo me gustaba más. Me sentí más libre y con “auto”. Para ir a un concierto en el Colón estacionaba mi “auto” en la vereda de la Plaza Lavalle frente al teatro. Durante esa época comencé a ver más cine, teatro, asistí a cursos en cineclubes y descubrí mi falta de lecturas.  Comencé a instruirme con real interés y fantaseaba con llegar a ser director de cine. Tenía un amigo que se llamaba Pipo Millán, un amigo de la noche más que de la cultura, pero tenía un cargo en el Departamento de Relaciones Públicas del diario La Razón. Y como él sabía de mis inclinaciones digamos culturales y artísticas me ofreció ingresar a su sección con un sueldo fijo. La tarea era visitar a posibles clientes publicitarios o que habían dejado de publicar. Lo acepté. Todas las tardes, al regresar de las visitas, debía informar sobre mis gestiones. Por escrito. Con la máquina de escribir que estaba en mi escritorio.    

De manera que tenías un ingreso regular y eso te hacía sentir más tranquilo.  

Sí. Me gustaba el trabajo y el tener que escribir los informes con dos dedos de la mano derecha y uno de la izquierda. Un día se me ocurrió pedir un aumento de sueldo escribiendo una letra sobre la música del tango Volver: “Pedir, un aumento de sueldo, que yo me merezco, etc.” El pedido fue un éxito. Circuló por todo el diario, llegó al Gerente y me aumentaron el sueldo. Hace poco tiempo me di cuenta de que ése fue mi debut como autor profesional. Escribí una idea y me la pagaron.  

Esa situación te demostró que podías ganarte la vida de otro modo.  

No lo había pensado, pero sin querer fue una señal de largada. Empecé a escribir sketches. Un día fui al teatro donde trabajaba Juan Verdaguer. Él sólo hacía monólogos, pero yo no lo sabía. Igual leyó lo que le llevé y me pidió que escribiera sobre una idea de él. Tampoco le gustó y me pidió otro libreto. Lo hice. Esa fue la última vez que escribí para Verdaguer. A mí me gustaba mucho el programa cómico Telecataplum, los del primer grupo, que fue el de oro, porque luego se dividieron. Les llevé mis sketches a uno de los autores, los leyó y me dijo “Rompa y escriba, rompa y escriba”. 

¿Y le hiciste caso?  

Sí, porque era un buen consejo. Y allá por 1964, yo vivía con la que era mi mujer por entonces, Graciela Martinelli, una buena actriz. Ensayaba una obra de teatro de Alberto Migré dirigida por Juan Silbert, quien me tomó como asistente y no se salvó de recibir mis sketches. Le gustaron y me pidió que me buscara un compañero para trabajar en un programa de Canal 11 llamado Show 90. Yo no tenía ningún amigo escritor, pero había visto los sketches y sainetes de Enrique Wernike que me gustaron mucho. Conseguí su teléfono, nos encontramos, nos pusimos de acuerdo y empezamos a escribir Show 90.  Nos divertimos mucho, escribimos tres programas que se emitieron y cuando entregamos el cuarto libreto nos echaron porque tenía mucho humor negro, un género que entró en la tele argentina con la importación de Los locos Adams. Yo ya había dejado mi trabajo en La Razón, así que anduve desocupado unos meses y un día me encontré por casualidad con Lilí Gacel -que trabajaba como asistente cuando entré en Show 90– y me contó que se estaba por inaugurar Canal 2 con un ciclo de Historias de Jóvenes, prestigioso programa de historias unitarias escritas por diferentes autores profesionales o principiantes.  Yo escribí una historia muy autobiográfica titulada Un domingo. Pocos días después de haber dejado una copia de mi libreto sobre el escritorio de un cuarto de oficina vacío de todo ser humano, me llama el gerente general de Canal 2, Marcelo Simonetti, productor de cine de mucho prestigio, para saber qué y quién era yo, de dónde había salido, que había hecho antes y me dice: “Tu libreto va a inaugurar el ciclo”. Y me pidió que escribiera otro. Entrego el segundo libro y ya no me llama Simonetti. Tampoco Rodolfo Kuhn, el director. No me llama nadie. Entonces voy a las oficinas del canal y lo veo a Khun. Le digo que soy el autor del libro con el que se estrenó el ciclo y que había entregado un segundo trabajo, pero que no había recibido ninguna respuesta. “Ah, sí, ese libreto no va. Escribí otro”, me dijo. Y se fue. Y yo me fui con un odio infinito. Llego a mi casa, le cuento a mi mujer y me dice que no me preocupara, que el ambiente es así de árido y que hay que acostumbrarse e insistir. “No te ofendas, no te enojes, escribí otro libreto, insistí”, fue su consejo.   

¿Y luego?  

Caigo engripado en cama. Empiezo a pensar otra historia y surge la idea de La fiaca, pero sentí de inmediato que era para teatro, la archivé en un cajón y seguí pensando hasta que apareció algo así como una historia previa del que después sería el personaje central de La fiaca. Hablando técnicamente fue una precuela. La titulé Qué cara pongo y salió al aire en Historia de Jóvenes.   

¿Y qué pasó con La fiaca 

Quique Marchi, un amigo de Graciela Martinelli, sin decirme nada le llevó la obra a Carlos Gorostiza para que la leyera. Gorostiza la leyó, se interesó, revisamos juntos algunos momentos y luego la puso en escena con Norman Briski de protagonista, Pepe Novoa, María Cristina Láurenz, Julio De Grazia y Angela Ferrer Jaimes.   

¿Cuánto tiempo estuvo en cartel en su primer ciclo?  

Bueno, se estrenó en septiembre de 1967 en el teatro San Telmo. En el verano de 1968 se hizo en el Regina porque el San Telmo no tenía refrigeración. Regresamos al San Telmo para su segunda temporada invernal y cuando retornamos al Regina en el verano de 1969 tuvimos que bajar la obra de cartel en marzo debido a que, recién estrenada la obra, yo había firmado con Aries Cinematográfica un contrato por el cual me comprometía a detener las representaciones teatrales en determinada fecha, que para todos era muy lejana, porque en esa fecha estaría a punto de estrenarse la película que se hizo con esa obra dirigida por Fernando Ayala y con producción de Héctor Olivera.      

¿Después de esa película, la obra se volvió a hacer en teatro?  

Si, diez años después hubo otra versión con Ernesto Bianco en el teatro Regina. Ahí tuvo una asistencia normal. Y más tarde hubo una versión musical en 2005 que dirigió Valeria Ambrosio. La obra original tuvo mucha repercusión internacional: se representó en más de 25 países. Lo atestigua la Inteligencia Artificial.  

Cuándo se produce un éxito así, ¿ese fenómeno no opera como un factor paralizador para continuar creando?  

Bueno, al principio me ocurrió algo así, porque estaba frente al desafío de demostrar que no era el autor de una sola obra. Pero al poco tiempo escribí los guiones cinematográficos de Las venganzas de Beto SánchezLa guita y las obras teatrales Cien veces no debo y Los japoneses no esperan

Junto a MIguel Diani, y Tito Cossa. Los tres, a su tiempo, presidentes de Argentores

Y con posterioridad a Los japoneses no esperan, ¿qué obra escribiste?  

Solita y sola, un espectáculo unipersonal que escribí para Marilina Ross con dirección de David Stivel y algunos guiones cinematográficos escritos a pedido y con mucho gusto para Susana Giménez y Juan Carlos Calabró. Un crítico de cine de la prestigiosa revista Primera Plana escribió la crítica más elogiosa que leí sobre un trabajo mío: La gran ruta, un guion que firmé con seudónimo.      

Vos ya te habías separado de tu segunda esposa, ¿no?  

Seguramente. Después nos unimos con Henny Trayles y nos convertimos en una pareja conyuprofesional. Le hice algún aporte anónimo cuando estrenó Como ser una buena madre (idische mame en aquel momento) y luego pasó algo muy importante y además transformador para mí. Improvisando un monólogo para escribirle un unipersonal a ella me apareció un personaje masculino que la hizo reír a carcajadas. No le costó mucho trabajo convencerme para resucitar al nene aquel que tenía hambre, sueño y frío. Primero hicimos Traylesnik, una aventura mímica estrenada en el estudio de Lee Strassberg en Los Angeles; luego una reposición de Cómo ser una buena madre, que nos dio de comer durante bastante tiempo haciendo giras por el interior y el exterior. Nos ayudaba a que pudiéramos vendernos que ella era muy conocida por TelecataplumAgripita y otros trabajos. Yo era el autor de La fiaca. Y lo que hacíamos juntos funcionaba en todas partes. Acá, en América Latina y en las comunidades universitarias y/o hispanos parlantes de Norteamérica. Para mí, la práctica de la actuación resultó un gran aprendizaje.    

Talesnik con Henny Trayles en Como ser una buena madre

Y, al volver a Buenos Aires, ¿qué pasó?  

Añadimos otro laburo: Ensayo de pareja, dirigidos por Luis Macchi. Se trataba de un matrimonio ensayando una obra sobre la pareja. Nosotros creíamos que ese texto no reflejaba lo que pasaba entre nosotros dos. Éramos críticos de esa relación. Salió muy bien y tuvo un gran recibimiento en todas partes. La última función fue gloriosa, la dimos en un teatro muy grande de Caracas (hoy es muy triste mencionar la ciudad). Mucha gente que nos vio decía que tendríamos muchísimo éxito en Buenos Aires, pero al regresar nos separamos de verdad 

Y después de separarse, ¿se siguieron viendo?  

No. Solo un tiempo después de habernos separado nos volvimos a hablar y nos vimos varias veces. Yo la quiero y le estoy agradecido por todo lo que aprendí cuando viví con ella. Lamento mucho su ausencia.     

¿Y más tarde qué hiciste en lo autoral?   

Empecé a escribir un unipersonal. Acá lo estrené en 1985. Me nominaron al premio Estrella de Mar en Mar del Plata. Después hice muchas giras por el interior del país con ese espectáculo y por todos los lugares donde habíamos actuado con Henny: Paraguay, Perú, Colombia, Venezuela, Costa Rica y Estados Unidos para los sectores de habla hispana. Después apareció Sabiello, un representante que me vendió funciones en distintos clubes y comunidades.    

¿Cómo se llamaba el unipersonal? 

En camiseta.  

¿Y hay en el presente alguna obra que se esté dando o por darse?  

Sí, pero antes quiero mencionar que trabajé como guionista de Mi cuñado, una creación de Oscar Viale que hice con Ricardo Rodríguez el primer año y después con esporádicas colaboraciones de Laura Ferrari y un pibe del que no recuerdo su nombre. ¡Y nada menos que con Luis Brandoni y Ricardo Darín! A punto de comenzar el año 2000 escribí una revista teatral dirigida por José María Paoloantonio con Javier Portales, Santiago Bal, una actriz veterana de la revista y la tele cuyo nombre no recuerdo y un buen elenco. En el 2001 fui coordinador autoral del primer año de Poné a Francella con autores como Sergio Vainman, Paco Hasse, Oscar Tabernise, Daniel Dátola y Horacio Erman como asesor. (Disculpas si hay algún olvido). En 2008 estrené y actué en mi obra Hoy estás junto a los actores Irene Almus y Omar Lopardo con dirección de Daniel Marcove.   

Ricardo Rodriguez en el Homenaje a Ricardo Talesnik

Y hablando del pasado más reciente, ¿cómo te conectaste con Carlos March?   

El andaba buscando materiales para armar un unipersonal. Le conté de algunos sketches que tenía escritos y cuando le mencioné que yo había hecho Hoy estás se interesó en leerla. Lo hizo y me propuso convertir la obra en un unipersonal. Empecé a reescribirla, habló con un director que me gustaba y quedamos en trabajar en equipo.  

¿Y qué pasó entonces?  

No estaba Scaloni. Bromeo, pero no quiero decir que falló el director, sino que no hubo equipo desde mi punto de vista. En algo habré contribuido, pero no me siento el único responsable del parate. Encima surgió la pandemia. Proyecto suspendido. Casi todo suspendido. El Covid acentuó en la realidad los temas esenciales de la obra: la relación entre la vida y la muerte, entre uno y el miedo, las creencias, los efectos de estos factores en la vida individual de la gente. E inevitablemente retomé el tema unipersonalizado que estaba trabajando y empecé a reescribirlo. Ya no queda casi nada de Hoy estás. Esa obra fue una precuela de esta nueva versión, una spin-off para decirlo en american canchero. Pasaron los años y la pandemia y leí una nota de Carlos March que me impulsó a llamarlo para invitarlo a un diálogo sobre la experiencia frustrada. En síntesis, la reunión fue positiva. Y ahora estoy a la espera de que Carlos March, el director Eduardo Gondell y su asistente Germán Crivos puedan concretar sus intenciones de montar mi obra.   

El título de esa obra, ¿cuál es?  

Defunción en función.  

¿Es tu última obra?  

No sé. Tengo en revisión la primera obra que escribí antes de La fiaca. Hace 20 años hicimos una experiencia con Valeria Ambrosio en una pequeña sala casi desconocida y no me gustó la obra, pero me gusta mucho la idea y tengo ganas de reescribirla.  

Esa obra, que es Cómo se hace una fiesta, ¿se hizo antes en su versión original?      

Sí, es la experiencia fallida que acabo de contarte. Lo que no te conté son los premios recibidos durante mi recorrido digamos artístico. No lo hice por humildad. Simplemente porque no me lo preguntaste y no me acordé. Prefiero no mencionarlos.     

A.C